Socialismo neoliberal nórdico

Estoy bastante aburrido de que los variados socialistas miren a países como Finlandia o Suecia y digan “esos son países socialistas y por eso son tan prósperos y la gente de allá vive tan bien”. Eso es una gran mentira. Muy similar a la mentira de que Chile es “la Norcorea del neoliberalismo”. Para desmentir estos mitos, voy a hacer una comparación simple entre Chile y los diferentes países que el World Economic Forum considera “los diez más felices”. La lista me pareció interesante no tanto por ser “más felices”, sino que porque son países muy prósperos, que están entre los con más libertad económica según los índices que tratan de medir esto, y que además incluye a los países escandinavos “socialistas” más promimentes. Lo que compararé son varios agregados que reflejan el nivel de “socialismo” y de “neoliberalismo” (según la concepción de la gente que mencioné antes), según el índice de libertad económica de The Heritage Foundation (lo uso porque tiene mejor presentación y es más accesible que el índice del The Fraser Institute). Un número más alto significa “más neoliberal” o “menos socialista”, o “menos corrupción”.

Partamos con Chile:

  • Regulación laboral: 64.3
  • Regulación empresarial: 72.1
  • Derechos de propiedad: 85
  • Gasto estatal: 83.1
  • Impuestos: 74.8
  • Corrupción: 73

Como se puede ver, tenemos (en realidad tuvimos, la información es de hace un par de años) bastante regulación estatal de la actividad económica, pero impuestos relativamente bajos (como la información es vieja no cuenta aún el impuestazo de Bachelet). El nivel de corrupción no es alto, pero tampoco es tan bajo como para no ser preocupante. El nivel de protección a los derechos de propiedad privada es decente, pero no especialmente alto, claramente no tanto como para ser motivo de celebración.

Ahora veamos los países de la lista de “más felices” (entre paréntesis la diferencia con Chile):

socialismo-neoliberal-nordico

  • Australia:
    • Regulación laboral: 77.2 (+12.9)
    • Regulación empresarial: 89.4 (+17.3)
    • Derechos de propiedad: 90 (+5)
    • Gasto estatal: 62 (-21.1)
    • Impuestos: 63.2 (-11.6)
    • Corrupción: 80 (+7)
  • Canadá:
    • Regulación laboral: 72.6 (+8.3)
    • Regulación empresarial: 81.8 (+9.7)
    • Derechos de propiedad: 90 (+5)
    • Gasto estatal: 50.4 (-32.7)
    • Impuestos: 80 (+5.2)
    • Corrupción: 81 (+8)
  • Dinamarca:
    • Regulación laboral: 86 (+21.7)
    • Regulación empresarial: 95.4 (+23.3)
    • Derechos de propiedad: 95 (+10)
    • Gasto estatal: 2.3 (-80.8)
    • Impuestos: 39.5 (-35.3)
    • Corrupción: 92 (+19)
  • Finlandia:
    • Regulación laboral: 53.7 (-10.6)
    • Regulación empresarial: 90.7 (+18.6)
    • Derechos de propiedad: 90 (+5)
    • Gasto estatal: 0.8 (-82.3)
    • Impuestos: 66.5 (-8.3)
    • Corrupción: 89 (+16)
  • Islandia:
    • Regulación laboral: 61.6 (-2.7)
    • Regulación empresarial: 90.1 (+18)
    • Derechos de propiedad: 90 (+5)
    • Gasto estatal: 42.1 (-41)
    • Impuestos: 73.3 (-1.5)
    • Corrupción: 79 (+6)
  • Países Bajos:
    • Regulación laboral: 64 (-0.3)
    • Regulación empresarial: 80 (+7.9)
    • Derechos de propiedad: 90 (+5)
    • Gasto estatal: 34.4 (-48.7)
    • Impuestos: 52.7 (-22.1)
    • Corrupción: 83 (+10)
  • Noruega:
    • Regulación laboral: 48 (-16.3)
    • Regulación empresarial: 89.6 (+17.5)
    • Derechos de propiedad: 90 (+5)
    • Gasto estatal: 41.8 (-41.3)
    • Impuestos: 53.2 (-21.6)
    • Corrupción: 86 (+13)
  • Nueva Zelanda:
    • Regulación laboral: 85.9 (+21.6)
    • Regulación empresarial: 91.4 (+19.3)
    • Derechos de propiedad: 95 (+10)
    • Gasto estatal: 46 (-37.1)
    • Impuestos: 71 (-3.8)
    • Corrupción: 91 (+18)
  • Suecia:
    • Regulación laboral: 53.5 (-10.8)
    • Regulación empresarial: 89.7 (+17.6)
    • Derechos de propiedad: 90 (+5)
    • Gasto estatal: 14.9 (-68.2)
    • Impuestos: 44.4 (-30.4)
    • Corrupción: 87 (+14)
  • Suiza:
    • Regulación laboral: 72.1 (+7.8)
    • Regulación empresarial: 82.2 (+10.1)
    • Derechos de propiedad: 90 (+5)
    • Gasto estatal: 66.3 (-16.8)
    • Impuestos: 70.9 (-3.9)
    • Corrupción: 86 (+13)

Lo que podemos ver inmediatamente es que todos los países tienen menos regulación a las empresas, más protección a los derechos de propiedad privada, menos corrupción, pero más impuestos (con la excepción de Canadá) y más gasto estatal. La minoría tienen más regulación laboral que acá, dos tienen una cantidad similar a la chilena y la mitad tienen mucha menos regulación laboral que Chile. Ya con esto se cae la idea de que Chile es “la Norcorea del neoliberalismo”, pues en esos países la regulación estatal es mucho menor (más “neoliberalismo” y confianza en la “autorregulación del mercado”). Pero sigamos el análisis.

Los países que tienen más regulación laboral que Chile tienen alguna combinación de impuestos más bajos y menor regulación a las empresas, en comparación con los países que tienen menos regulación laboral, lo que sugiere un trade-off, un balance entre esas cosas. Lo cual tiene sentido, la regulación laboral, impuestos, y la regulación a las empresas son un lastre para la actividad privada de las personas, por lo que si se aumenta una de esas cosas, hay que disminuír alguna las otras en alguna combinación para compensar.

Se nota que en estos países se valora la libertad para llevar a cabo una empresa, lo cual para la lógica de quien cree que “Chile es la Norcorea del neoliberalismo” significaría que esos países no son “más socialistas” ni “menos neoliberales”, todo lo contrario. Se demuestra un nivel alto de confianza en los empresarios para llevar a cabo sus negocios, y en las empresas para generar prosperidad y bienestar de la manera que consideren mejor.

Se ve también más confianza en el manejo privado de la propiedad, lo que refleja en la consistencia con que se protejen más los derechos de propiedad privada. Eso implica cosas como menos poder y discreción estatal para expropiar y confiscar, más garantías a los propietarios de que cualquier daño a su propiedad será castigada o resarcida, etc. Esto claramente es un signo de “neoliberalismo” más que de “socialismo”.

Otra cosa que se puece observar es que hay menos corrupción en el Estado en todos esos países. Personalmente creo que eso viene como consecuencia de factores culturales, que a su vez vienen influídos por el hecho de que todos esos países han sido muy libremercadistas a lo largo de la historia, especialmente desde el siglo 19 en adelante, con relativamente breves lapsos estatistas. Cuando el sistema es muy de libre mercado, con prácticamente nada de provisión estatal de servicios educacionales, médicos, seguros, pensiones, redistribución, subsidios empresariales, barreras comerciales, etc. lo que resulta es que ese ambiente genera, por fuerza de necesidad, una cultura muy emprendedora, empresarial, solidaria, de responsabilidad individual y de honestidad, que no sólo es un caldo de cultivo ideal para la prosperidad, sino que además tiene como consecuencia un nivel muy bajo de corrupción en los funcionarios estatales.

Respecto del gasto estatal, es evidente que se hace posible un gasto así de grande en estos países gracias a que esto se compensa con alguna combinación de bajos impuestos y regulación, lo que produce una mayor y más fuerte actividad económica generadora de impuestos. Es decir, algunos países tienen impuestos altos, pero muy poca regulación laboral y a las empresas (como Dinamarca), otros tienen más regulación laboral pero menos impuestos (como Islandia), y también está el caso de Noruega que financia su gasto estatal mediante la estatización de alguna empresa o recurso importante (de forma similar a Chile). Además tenemos los casos de Canadá y Australia, que van más por la moderación, teniendo impuestos y gasto estatal un menores al resto, y compensando con un poco menos de regulación laboral que el resto.

Es claro que los países nórdicos son todo menos “socialistas”, y que de hecho son mucho más “neoliberales” que Chile (siempre según la concepción antes mencionada). Además, el mito de que “Chile es la Norcorea del neoliberalismo” se demuestra claramente sin base, siendo que estos países supuestamente “socialistas” tienen un mercado mucho más desregulado, mayor protección a los derechos de propiedad privada y en general menos regulación laboral. También se hace evidente que hay un trade-off entre impuestos y regulación, debiendo compensar el aumento en una cosa, con una reducción de la otra. Una última cosa que se hace evidente es que el nivel de impuestos es menos determinante del bienestar que la regulación estatal. Un cierto aumento en impuestos requiere una reducción menor de la regulación estatal para compensar, lo que explica el éxito relativo de estos países. Lo cual no quita que tendrían un mejor desempeño si además de tener poca regulación estatal, tuvieran también un bajo nivel de impuestos y gasto estatal (para ver eso se tendrían que haber incluído países como Liechtenstein, Singapur y Hong Kong al análisis – tal vez en otra ocasión). La libertad funciona, como decía el slogan de Students for Liberty.

Una respuesta a David Graeber

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Un amigo me pidió mi opinión sobre esta columna publicada en The Guardian, y me pareció interesante responderla. La columna básicamente habla de que el Bank of England (BoE) se ha sincerado respecto de cómo funciona el sistema monetario y bancario, dejando claro que el Banco Central inventa el dinero de la nada. Lo particular de la columna que me interesa abordar son tres temas: primero la afirmación de que no ha habido inflación de precios como consecuencia de la inflación monetaria post-2008; segundo, el efecto desplazamiento, que el columnista dice que no aplica para el caso de financiar gasto estatal con la imprenta de billetes; y tercero, que la austeridad estatal no tiene sentido como consecuencia de esas cosas.

Lo primero entonces es la inflación, y las afirmaciones particulares del columnista son las siguientes:

The central bank can print as much money as it wishes. But it is also careful not to print too much.

In fact, with “quantitative easing” they’ve been effectively pumping as much money as they can into the banks, without producing any inflationary effects.

Ambas afirmaciones son falsas. La primera claramente lo es pues como bien dice en la segunda cita, la Federal Reserve (FR, banco central en los EEUU) ha “bombeado tanto dinero como han podido”. Y obviamente “imprimir todo lo que se pueda” es mucho más que “no imprimir demasiado”, lo que implicaría algún tipo de restricción por parte del emisor. El Banco Central Europeo (BCE) ha llevado una política similar hasta el día de hoy, lo mismo que otros bancos centrales. Llámalo como quieras, pero lo que están haciendo es todo menos “ser cuidadosos de no imprimir demasiados billetes”.

Ahora, respecto de la inflación de precios (que es a lo que se refiere el artículo con “inflación”)  a causa de la inflación monetaria, ha habido bastante, el tema es que no se ha visto reflejada en los indicadores clásicos como el IPC. Esto porque se ha dado en sectores de la economía que no se toman en cuenta al calcular esos indicadores. Por ejemplo se ha visto inflación en la bolsa, en algunos sectores como el inmobiliario (de nuevo, pero en otras áreas), y en otros países. El tema es que la plata que crean los bancos centrales no necesariamente va a parar a los bolsillos de las masas (generalmente no sucede así), sino que va a parar a los bancos, que luego prestan ese dinero a inversionistas o compran bonos estatales, o también se va a países extranjeros que compran dólares (o libras, etc.). Ahí es donde la inflación de precios se está manifestando, en los sectores en los que esa plata nueva va a parar. El caso de la bolsa es bastante obvio y ejemplifica bien el asunto: los precios de acciones han ido subiendo a pesar de que no hay motivos reales de base para ello (las empresas no están produciendo utilidades mayores que antes, ni nada por el estilo). Es decir, sí hay inflación de precios como consecuencia de la inflación monetaria. Y obviamente no se posdía esperar otra cosa. Ben Bernanke triplicó la base monetaria en un par de años, siendo que se había demorado unos 90 años en llegar a ese punto, lo que es un emisionismo inusitado, gigante. La diferencia entre lo que hizo Bernanke y lo que hizo Mugabe en Zimbabwe es que Mugabe le daba la plata a las masas a través de diversos programas estatales, mientras que Bernanke se la dió a banqueros, banqueros centrales extranjeros, e indirectamente a inversores, por lo que obviamente la inflación de precios se manifiesta en sectores diferentes de la economía.

Luego está el tema del efecto desplazamiento que tiene el gasto estatal, y la cita relevante es la que sigue:

there’s no question of public spending “crowding out” private investment. It’s exactly the opposite.

Por supuesto que hay un efecto desplazamiento, independiente de lo que el autor crea, no por nada hay tanto desempleo hoy en día en los EEUU y en Europa (la cifra específica a que hay que poner atención es la “participación laboral” que toma en cuenta tanto a cesantes que buscan empleo, como los que no están buscando empleo). Ese desempleo es en parte causado por eso, combinado con otras políticas y regulaciones estatales. El autor parece creer que el aumento del gasto estatal por medio de emisión de deuda no causaría un efecto desplazamiento, pero obviamente sí lo hace. Los recursos son limitados, no infinitos como parece creer este caballero. Como son limitados, un aumento del gasto estatal significa que el Estado captura una mayor proporción de esos recursos, y por ende desplaza al sector privado. Cada resma de papel, edificio, camión, terreno, etc. que usa el Estado no puede ser usado por el sector privado. El tema es que generalmente se desplaza en el margen inferior de la economía. Con esto me refiero a que los que primero se ven desplazados son los pequeños empresarios, las PyME que lo ven más difícil para sostener o empezar negocios. Y como son empresas pequeñas, poco visibles y que el cierre de cada una afecta a relativamente poca gente, el efecto no es muy visible, y es fácilmente pasado por alto incluso por muchos economistas (que están mal entrenados).

Una última cosa que vale la pena mencionar es la afirmación pasajera de que la austeridad no es algo útil:

they have effectively thrown the entire theoretical basis for austerity out of the window.

Podría explayarme mucho sobre este tema, pero seré sucinto. Múltiples organismos han hecho estudios sobre el efecto de la austeridad fiscal, pero los más interesantes son los que han hecho orgasnismos como la OECD, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, que es imposible de acusarlas de ser en alguna medida organizaciones con sesgo libertario o austríaco en ninguna medida. Lo que esos estudios dicen es que hay dos estilos de austeridad, llamémoslos “Austeridad A” y “Austeridad B”. La “Austeridad A” trata de balancear el presupuesto por medio de subir impuestos y medidas similares, a veces con modestas reducciones en el aumento del gasto (es decir, el gasto aumenta igual, sólo que un poco más lento). La “Austridad B” trata de balancear el presupuesto estatal por medio de la reducción real del gasto, a veces incluso acompañado de reducciones impositivas e imposiciones de límites duros al gasto estatal. Queda claro acá, por cierto, que la austeridad tipo A no es realmente austeridad estatal, sino que es austeridad privada para financiar más gasto estatal, es decir, business as usual. La conclusión a que llegan estos estudios (al respecto recomiendo investigar las columnas de Daniel Mitchell sobre austeridad) es que la austeridad tipo A no funciona y es dañina, y que la tipo B es muy efectiva, especialmente en el largo plazo. Entonces el problema viene de que mucha gente (como por ejemplo Paul Krugman y Joseph Stiglitz, entre otros) confunde austeridad estatal real (tipo B) con austeridad privada forzada (tipo A). Mi sospecha es que algunos de estos personajes lo hacen a propósito, porque son muy inteligentes como para no darse cuenta de la diferencia, aunque puede ser un error honesto por la forma en que estos economistas son entrenados de forma que al final no entienden nada.

Para concluír, debo decir que en general la columna suena como una columna de un “keynesiano sincero”, que no trata de ocultar lo que el sistema keynesiano hace y cómo funciona, lo cual es quiza algo positivo en sí mismo. Lo extraño del caso es que Graeber se declara anarquista, pero acá aparentemente está haciendo una apología del Estado. Nunca se deciden, estos “anarquistas” de izquierdas.

Pensiones: Mejoras y retrocesos

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Dusan Vilicic Held
Asociación Liberal de Magallanes (ALMA)

Esta columna se publicó el 3 de septiembre del 2015 en el diario El Pingüino de Punta Arenas.

Cuando se habla de pensiones, hay varias propuestas que se hacen para mejorar sus prestaciones. La más recurrente es volver a un sistema estatal de reparto forzado que se ha demostrado insostenible y hasta impracticable aquí y en la quebrada del ají. A pesar de ello, sus proponentes perseveran, sin inmutarse.

Uno de los argumentos que suelen esgrimir es que las FFAA y del orden poseen un sistema así, gestionado por CAPREDENA y DIPRECA, el cual es solvente, supuestamente. Pero hay que apuntar que los beneficiarios de este sistema son pocos, relativos a la cantidad de gente que sufraga esos gastos, que somos todos los contribuyentes, sin importar que no vayamos a beneficiarnos de él. Y es sólo por este hecho que el sistema es solvente. Tan pronto como este se tratara de extender al resto de la población, dejaría de ser capaz de dar las mismas prestaciones, o en su defecto exigiría de todos nosotros un gran aumento en las contribuciones al sistema, posiblemente del doble de lo que se paga hoy en el sistema actual, o incluso más. Lo mismo sucedería si el sistema pasase a ser financiado sólo por aportes de los futuros beneficiarios. A mucha gente ya le cuesta llegar a fin de mes con el sistema actual que extrae un 12% de sus ingresos; sólo cabe imaginar lo difícil que sería con un sistema de reparto que extraería un 20% o más. Si lo que se busca es mejorar la calidad de vida, esta no es una vía para avanzar; al contrario, sería un terrible retroceso que dañaría principalmente a las personas de menores ingresos, y eso deviene inmoral y antiético.

Si lo que se desea es lograr una mejora, empoderar a la ciudadanía, y proveer mayor seguridad, la solución pasa por liberalizar fuertemente la economía. Dos de los principales motivos por los que las pensiones actuales son relativamente bajas son las llamadas “lagunas previsionales”, y los bajos salarios percibidos por los cotizantes. Liberalizar la economía -esto es, reducir la carga impositiva y regulatoria, y liberar mercados a la competencia- permitiría solucionar ambas cosas. Una economía más libre sería mucho más dinámica y fuerte, lo que significa muchas más y mejores oportunidades laborales. Con más empleo, se reducen enormemente las lagunas, y con mejor empleo, se aumentan los ingresos y, por consecuencia, el monto ahorrado. Eso redundaría finalmente en mayores pensiones y más seguridad, tanto laboral, como en la vejez. Además, en una economía así, los precios reales serían mucho menores, lo que se suma a los beneficios anteriormente mencionados para hacer aún mejores las condiciones para empleados y pensionados.

Queda claro entonces que un retorno al sistema de reparto sería, sin duda, un retroceso, especialmente para la gente de menores ingresos. Y por otro lado también queda claro que un avance hacia una economía más libre sería un gran mejora para todos.

Mejores Pensiones: ¡Más Libertad!

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Dusan Vilicic Held
Asociación Liberal de Magallanes (ALMA)

Esta columna se publicó el 28 de agosto del 2015 en el diario El Pingüino de Punta Arenas.

En mis anteriores columnas expliqué por qué un sistema estatal de reparto no es conveniente ni practicable, y también propuse algunas formas en que se podría lograr una bajada en las comisiones que cobran las AFP. Pero reducir las comisiones, incluso a la mitad, no tiene un impacto demasiado grande en el monto final de las pensiones, pues ya son relativamente bajas[1][2]. Por ello es que lo anterior, por sí solo, no es realmente una gran mejora. Hay que lograr la mejora más importante: la de los rendimientos sobre la inversión. Esto no es algo fácil, ya que en sí no son bajos; aproximadamente tres cuartos del dinero en los fondos corresponden a rentabilidad[3].

Para ello propongo tres cosas. Primero, dar libertad a las AFP para invertir donde y de la forma que consideren mejor. Esto permitiría a las AFP hacerlo en áreas que bien podrían ser más rentables que aquellas a las que están limitadas actualmente, lo que aumentaría los rendimientos para los ahorrantes, si la AFP hace bien su trabajo. Por ejemplo se ha estimado que los fondos podrían haber tenido un rendimiento hasta 30% superior si no hubiera restricciones a la inversión en el extranjero[4][5].

Segundo, libertad de ahorro: que cada quien pueda ahorrar cuanto desee, donde prefiera. El que los cotizantes obtengan completo control sobre sus ahorros, y no estén obligados a ponerlos en una institución que no les dé confianza o que no les guste, ya es de por sí una mejora. Pero lo importante es que esto controla el riesgo que asumen las instituciones de gestión de ahorro, pues la gente preferirá otra AFP o institución (ej. un banco), u otra forma diferente de previsión (ej. mutuales, aseguradoras), sí considera que su AFP se está arriesgando demasiado en sus inversiones.

Tercero, una reducción de impuestos generalizada. Una reducción en la carga fiscal tendría varios efectos benéficos. Por un lado, haría que los precios bajen, lo cual significa que incluso sin aumentar las pensiones, se puede adquirir más con la misma cantidad de dinero, lo que ya es un aumento real de éstas. Por otro lado, haría que las utilidades y dividendos percibidos por los fondos aumenten, lo que implica un mayor rendimiento de éstos, además de incentivar la creación de empleos y alzas salariales. Sin olvidar la reducción en las comisiones que mencioné en mi columna anterior.

En resumen, pasar a un sistema de pensiones de reparto no mejoraría la situación, e incluso sería impracticable, especialmente en las condiciones actuales. Una mejor solución pasa, en cambio, por una menor intervención estatal en el rubro del ahorro y una mayor libertad, tanto para ahorrantes como para las empresas e instituciones del rubro. Mejor aún si a esto lo acompaña una fuerte liberalización de las demás áreas de la economía. Finalmente, creo importante entender que en ningún lugar se pueden tener grandes pensiones si no se tiene un sector privado fuerte y dinámico, y para tener eso es necesaria una liberalización generalizada.

[1] http://www.aafp.cl/wp-content/uploads/2012/07/estudios78.pdf

[2] http://www.aafp.cl/wp-content/uploads/2012/07/Comisiones.pdf

[3] http://www.aafp.cl/wp-content/uploads/2014/10/Boletin-AAFP-Octubre-2014.pdf

[4] http://www.aafp.cl/wp-content/uploads/2012/07/EstudioIE.pdf

[5] http://www.aafp.cl/wp-content/uploads/2012/07/LExtranjero.pdf

Gato por liebre

José Luis Cofré, en una columna publicada en El Líbero hace un llamado a que los liberales “dialoguen sobre las grandes similitudes que los unen, abandonando las leves discrepancias que nada aportan al tenerlos separados.” Todo eso suena muy bonito. El problema es que menciona una buena cantidad de grupos y personas que, si bien se hacen llamar “liberales”, realmente están muy lejos de tener lo que José dice, específicamente “la esencia del liberalismo, un escepticismo frente a la autoridad y el poder, limitando a este último, una concepción del individuo como el centro de la sociedad, …una sociedad civil activa que en base al libre emprendimiento produzca el progreso y reduzca la pobreza.” Todos los grupos políticos y personajes que mencionó (“Sociedad, Voluntad Cívica, Evópoli, Amplitud, Ciudadanos, Red Liberal”, o “Felipe Kast, Luciano Cruz Coke, Andrés Velasco, Lily Pérez, Cristobal Bellolio”) ostensiblemente consideran que el Estado debe ser el centro de la sociedad, el ente rector, propietario último de bienes y personas, y regulador de su actuar. No tienen un gran escepticismo frente a la autoridad, ni pretenden limitar mucho el poder. Lo que quieren es que éste sea utilizado para redistribuír la propiedad de las personas, ya sea creando sistemas de salud y educación completamente estatales, que es la posición de Cristóbal Bellolio y “Rojo Progresista” (el nombre con que me parece gracioso llamar a Red Liberal); o que sea instrumentalizado para lograr “igualdad de oportunidades” por medio de redistribución de propiedad privada hacia algunos grupos específicos y la reducción de la libertad en cosas como la selección en establecimientos educacionales (la posición de Felipe Kast). La mayoría de personas y grupos citados de hecho lo que buscan no es reducir y limitar el poder, sino que maximizarlo por medio de maximizar los ingresos estatales, con el objetivo de “llevar a cabo política social”, que no es más que otra forma forma de decir “poner al Estado como centro de la sociedad, invalidando los arreglos a que las personas habrían llegado de forma libre”. Ninguno de ellos realmente cumple con los requisitos que José menciona. Lo cual es realmente lamentable, pues significa que muchas personas están confundiendo este “mini-socialismo” con una corriente filosófica tan interesante y profunda como es el liberalismo, que además ha demostrado ser la única fuente real de progreso y justicia.

Mejores Pensiones: ¡Menos Intervención Estatal!

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Dusan Vilicic Held
Asociación Liberal de Magallanes (ALMA)

Esta columna se publicó el 23 de agosto del 2015 en el suplemento Análisis del diario El Pingüino de Punta Arenas.

En mi última columna -publicada el 15 de agosto del 2015- traté de mostrar porqué volver a un sistema de reparto no es una buena idea. Básicamente porque su rendimiento sería peor, requeriría de que los aportes obligatorios aumenten al doble o más de lo que son hoy, el Estado tendría que gastar más recursos, y además no cumplen con sus promesas en el largo plazo, debiendo ser constantemente reducidas las prestaciones.

Entonces, la pregunta queda: ¿Cómo mejorar el desempeño del sistema de AFP? Sabemos que las comisiones son de alrededor de un 11% sobre la cotización para los aportes obligatorios y alrededor de la mitad de eso para los aportes voluntarios. Si lo que se desea es que las comisiones sean más bajas, existen dos formas efectivas y sustentables: reducción de costos y más competencia. Lo primero se logra liberalizando el rubro, especialmente mediante la eliminación de exigencias innecesarias que imponen costos adicionales a las AFP. Lo segundo se logra eliminando regulaciones estatales que restringen la libre competencia, permitiendo cosas como que la gente cotice en otras instituciones (por ejemplo mutuales o bancos), y reduciendo la tasa de aporte forzado. Exploremos ambas.

Hoy en día, las AFP tienen muchos costos que son claramente prescindibles. Probablemente, el más grande es que deben pagar impuestos, los cuales reducen la rentabilidad que obtienen sus afiliados. Por ejemplo, un vacío legal ha permitido que el Estado cobre un impuesto a las inversiones de las AFP del que el resto está exento. Se estima que como consecuencia, los ahorrantes dejan de percibir unos 120 millones USD anuales, lo cual asciende a unos 4 mil millones USD desde que se instauró el sistema actual de AFP. Es más, los últimos aumentos impositivos empeoran esto[1]. Eximir de impuestos a las AFP y sus inversiones significaría una gran reducción de costos que no sólo aumentaría la rentabilidad de los fondos, sino que también produciría una reducción en las comisiones.

De igual manera se puede lograr una reducción en las comisiones por la vía de la disminución del aporte forzado. La lógica es simple: las comisiones del aporte forzado son el doble de caras que las del Aporte Previsional Voluntario (APV)[2][3], por lo que el ahorrante gastaría menos en comisiones si no hubiera cotización obligatoria. Además, así las AFP deben volverse más atractivas para los ahorrantes, ofreciendo mejores prestaciones y rentabilidades, y menores comisiones. Por último, permitir que la gente ahorre en otro tipo de instituciones tiene el mismo efecto, pero también significaría que la gente sería libre de optar por participar de una institución privada que funcione en base a un régimen de reparto, si así lo prefiere. Este tipo de instituciones existían en el pasado, antes de la existencia de los sistemas estatales de pensiones, y al ser privadas, es automática la regulación de su sustentabilidad y prestaciones. Esta competencia adicional también presionaría a la baja las comisiones de las AFP.

[1] http://www.aafp.cl/wp-content/uploads/2014/02/Serie_de_Estudios_N_91_Dano_Tributario.pdf

[2] http://www.spensiones.cl/safpstats/stats/inf_afiliados/estcom_v.html (Afiliados y no afiliados Septiembre 2015)

[3] http://www.safp.cl/safpstats/stats/apps/estcom/estcom.php?fecha=20151101 (Noviembre 2015)

Mejores Pensiones: ¿No más AFP?

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Dusan Vilicic Held
Asociación Liberal de Magallanes (ALMA)

Esta columna se publicó el 16 de agosto del 2015 en el suplemento Análisis de el diario El Pingüino de Punta Arenas.

Mucho se ha hablado de las bajas pensiones que ofrece el sistema de AFP. En este contexto, se ha vuelto recurrente sugerir un retorno al sistema de pensiones de reparto, bajo el argumento de que eso garantizaría la mejora de las mismas y una mejor calidad de vida para todos. Lamentablemente, esta afirmación no tiene fundamento por varios motivos.

El primero es que un sistema de pensiones de reparto pone muchísima presión sobre las finanzas estatales. Por ejemplo, en los EE.UU., el sistema de pensiones consume alrededor del 24% del gasto estatal[1] y se proyecta que pronto aumentará a más del 30%. En Alemania es más del 47%, mientras que en Finlandia supera el 40% y en Suecia, el 33%[2]. Por su parte, en Chile es poco más del 4%[2][3], lo que significa que para tener un sistema de pensiones estatal de reparto, el Estado probablemente tendría que gastar mucho más en este ítem, lo que implicaría un aumento de gastos en pensiones de unas 6 veces el presupuesto actual. Teniendo en cuenta la estrechez fiscal del Estado de Chile, incrementar el gasto estatal a ese nivel es probablemente imposible.

El segundo es que los sistemas estatales de reparto se financian con un impuesto a la renta adicional que se mueve entre 15% y 50% de los ingresos de la persona; muy superior al 10% del que existe actualmente en Chile. Esto es consistente con la cotización obligatoria en el sistema de reparto que había previamente, donde variaba entre un 20%, hasta más del 50%. Está claro que los empleados chilenos que se espera en el futuro perciban pensiones bajas no podrían renunciar a un 20% más de sus ingresos, lo que potencialmente significaría en muchos casos una condena a muerte.

El tercero es que el rendimiento de estos programas es muy inferior al sistema de AFP, más o menos de un 50% a un 20% menor, peso por peso aportado[4]. Es decir, en el sistema chileno de AFP, por cada 100 pesos que uno aporta, recibe de vuelta entre 20 y 50 pesos más de lo que recibiría por esos mismos 100 pesos en algún sistema estatal de reparto. De hecho, se sabe que actualmente más del 74% de los fondos que manejan las AFP corresponde a la rentabilidad, y sólo un cuarto corresponde a las cotizaciones[5].

El cuarto es que los sistemas estatales de reparto son famosos por sus recurrentes bancarrotas, es decir, que suelen incumplir sus promesas de pago, y las prestaciones que una persona finalmente recibe suelen ser mucho menores que las que se le prometieron cuando comenzó a aportar. Incluso el sistema alemán ha quedado numerosas veces en bancarrota en los últimos años, habiéndose tenido que modificar sus prestaciones muy seguido, por ejemplo en 1992, 1999, 2001, 2004, 2007 o 2014, entre otros. Estas razones son, a mi juicio, suficientemente contundentes para entender que el sistema estatal de reparto no sólo es impracticable en Chile, sino que, asumiendo que lo fuera, terminaría entregando pensiones menores a las que entrega el sistema actual.

[1] http://www.cbpp.org/research/policy-basics-where-do-our-federal-tax-dollars-go

[2] https://stats.oecd.org/Index.aspx?DataSetCode=SOCX_AGG

[3] http://www.dipres.gob.cl/595/articles-90993_doc_pdf.pdf

[4] http://voces.latercera.com/2015/06/28/sebastian-edwards/mi-pobre-jubilacion-californiana/

[5] http://www.aafp.cl/wp-content/uploads/2014/10/Boletin-AAFP-Octubre-2014.pdf

El sistema de reparto en Chile previo a 1980

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A continuación dejaré extractos del libro Soluciones Privadas a Problemas Públicos, de Libertad y Desarrollo. El autor de los extractos es Luis Larraín. En ellos se describe a grandes rasgos varias características del sistema de reparto en Chile, como existió hasta 1980, año de la reforma previsional que implementó el Gobierno Militar de la época.

Pese a que en Chile se suele hablar del sistema de previsión antiguo como algo homogéneo, lo cierto es que éste estaba formado por una gran cantidad de distintos regímenes. Los diferentes regímenes, que ascendían a más de 100 en las 32 Cajas de Previsión existentes en 1979, establecían diferentes requisitos para jubilar, niveles de pensiones y mecanismos de cálculo de beneficios para diversos grupos de trabajadores. Los más perjudicados con esta diversidad eran los más pobres (obreros del Servicio de Seguro Social o SSS), que sumaban un 65% de los imponentes activos en 1979, y no tenían derecho, por ejemplo, a pensiones de antigüedad que permitían a otros grupos jubilar con 42 años de edad. Los obreros, pese a realizar los trabajos físicos más pesados, sólo podían jubilar a los 65 años y además recibían un porcentaje menor de la renta imponible como pensión en relación a Cajas de otros sectores de trabajadores. En la Caja Bancaria, la del Banco de Chile y la del Banco del Estado la edad exigida para jubilar por vejez era de 55 años. La jubilación por antigüedad les permitía rebajar aún más esa edad. (…)

Pese a que en su concepción inicial el sistema antiguo pretendía ser solidario, la redistribución de ingreso, que resultaba del juego de poder que se traducía en legislaciones especiales para distintos grupos, era claramente regresiva.

en 1979 existían 32 cajas de previsión que agrupaban a tipos de trabajadores específicos o de determinados sectores productivos, los cuales no podían cambiarse ni elegir Caja a no ser que cambiasen de sector laboral. En otras palabras, cada institución tenía un mercado cautivo y no hacía ningún esfuerzo por dar un buen servicio. (…) La mayoría de ellas tenía, a la fecha de la reforma, gastos que superaban a sus ingresos, por lo que requerían de aporte fiscal para cumplir sus compromisos. El aporte fiscal aumentó su participación en los ingresos de las cajas en un 13,8% durante el período 1947-1980.

En general, la administración de las Cajas era bastante ineficiente. Los escasos excedentes que algunas de ellas en ocasiones generaban eran invertidos deficientemente, en un afán mal entendido de otorgar en el momento beneficios adicionales (…), sin preocuparse de tener un adecuado financiamiento como contraparte. Las Cajas se apartaron así de su objetivo principal, conceder pensiones, incurriendo en todos los vicios imaginables de una administración estatal y burocrática. (…)

En el [SSS], la tasa [de cotización] total a sus inicios en 1925 y hasta 1937 fue de un 5% de la remuneración, y aumentó progresivamente hasta llegar a un máximo de 51,4% en 1975 y descender luego a un 33,25% en 1980, año de la Reforma Previsional. En la Caja de Empleados Particulares (EMPART), la tasa entre 1924 y 1936 fue de 10%; llegó a un máximo de 64,7% en 1974; y descendió al 41% en 1980.

El expediente de aumentar las tasas de cotización para financiar el sistema, además de sus [negativos] efectos económicos, tiene un problema: cabe tener en cuenta que si el ahorro obligatorio, producto de la tasa legal de cotización, es superior al ahorro deseado por la persona, habrá incentivos para evadir el pago de cotizaciones, recurriendo normalmente a la subdeclaración de la renta imponible. (…) Es difícil pensar en tasas de cotización que vayan mucho más allá del 50% o en deterioros aún mayores del nivel de las pensiones que ya eran muy bajas. De hecho, un estudio realizado en ODEPLAN (Oficina de Planificación Nacional), proyectando la situación financiera del sistema a cincuenta años a partir de 1980 arrojaba un déficit de aproximadamente 395 mil millones de pesos (moneda de 1990) para el último año de la proyección. (…)

La realidad prevaleciente en 1980, año de la reforma previsional, indica que el 70% de los jubilados del sistema estaba recibiendo pensiones iguales o inferiores al valor de la pensión mínima de vejez, que tenía un valor aproximado de 30 dólares mensuales.

[Traducción] Uber es progreso, ¿Por qué no lo apoyan los progresistas?

Algunos progresistas en realidad son conservadores por dentro

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Steven Horowitz
Lunes 13 de Junio del 2016

He alabado a Uber con anterioridad. Para mí, si la posibilidad de usar Uber está disponible, casi siempre la preferiré por sobre un taxi tradicional. Ser cliente de Uber da apoyo a individuos emprendedores en vez de a empresas de taxis que a menudo son franquicias de monopolio o beneficiarios de otras formas de capitalismo de amigos.

Así que siempre me sorprende cuando algunos de mis amigos igualitarios/progresistas miran con desprecio a Uber y a otras innovaciones similares. Mi intuición es que la gente de izquierda se pondría de lado de los “pequeños” contra los empleadores corporativos y monopolios locales de las empresas de taxis (o grandes cadenas hoteleras en el caso de AirBnB). Y algunos lo hacen. Pero otros no, y vale la pena pensar sobre cómo podríamos hacer el argumento progresista a favor de Uber para ellos.

Seamos claros sobre de lo que realmente se tratan Uber, Lyft, AirBnB, y el resto de la llamada “economía del compartir”. Pensar en términos de “compartir” en realidad no es la mejor forma de ver la naturaleza de su innovación. De lo que realmente se trata es de usar tecnología para reducir de forma dramática los costos de transacción de hacer un uso más eficiente de recursos ociosos.

Los malos viejos tiempos

Tienes una habitación libre en tu casa. Antes de los smartphones, GPS, y la internet, habría sido muy difícil encontrar gente que tuviera una demanda por ese espacio en el momento en que estaba disponible. También necesitabas alguna forma de mostrar confiabilidad. A pesar de eso podrías haber arrendado la habitación por días o semanas a la vez, pero los costos de hacerlo funcionar habrían sido enormes.

Lo mismo es cierto de Uber y Lyft. Después de todo, los jitneys han existido por décadas, y Uber y Lyft son sólo una nueva vuelta de tuerca sobre esa vieja idea. Pero en vez de tener puntos de recogida fijos y de esperar a que pase un jitney disponible y de saber poco sobre el conductor, Uber y Lyft reducen dramáticamente todos esos costos de transacción. Ellos usan una plataforma de software para coordinar a oferentes y demandantes. La economía del “compartir” en realidad sólo es el siguiente gran paso en lo que es la verdadera historia del progreso económico: la continua reducción de costos de transacción a lo largo de toda la economía.

¿Cuál es la queja?

¿Pero qué debería hacer que estas innovaciones sean particularmente atractivas para la izquierda? Una de las características más importantes de Uber, por ejemplo, es que los conductores son propietarios de su capital y establecen sus propios horarios de trabajo y, en su mayoría, las condiciones laborales. Uber simplemente permite que personas con su propio capital lo pongan a trabajar a través de conectarlos de forma más efectiva con los demandantes de ese servicio.

Por más de un siglo, la izquierda ha argumentado que la falta de control de los trabajadores sobre el capital y sobre sus condiciones laborales permitió que fueran explotados por propietarios y jefes. La lógica progresista típica a favor de los sindicatos está unida a esta crítica. Pero Uber provee una solución a esta situación. Los conductores Uber son propietarios de su propio capital (el automóvil) y pueden determinar qué tan seguido trabajan y qué viajes quieren proveer.

Algunos en la izquierda argumentan que esta misma flexibilidad es un defecto, no una virtud, porque no es un trabajo de tiempo completo y no incluye seguros médicos y cosas similares. La mayoría de conductores Uber, no obstante, te dirán que la flexibilidad es exactamente lo que les gusta de él.

¿Quién trabaja para Uber?

Por ejemplo, dos de mis conductores recientemente en Portland lo estaban haciendo para complementar sus ingresos por diversos motivos. En un caso, él estaba a punto de tomar el  examen de abogacía y conducía para generar algún ingreso para obtener una oficina para iniciar su práctica jurídica.

El otro conductor era un administrador en un restaurante de comida rápida y conducía part-time para ahorrar para una casa. Cuando le pregunté sobre la flexibilidad, dijo “por ejemplo esta mañana: mi señora aún estaba durmiendo, así que ¿porqué no salir en el auto y ganar unos cuantos dólares extra?” Su flexibilidad también va en beneficio de gente como yo, que necesitaba un viaje a través de Portland para encontrarme con un amigo para un desayuno tardío.

En mi experiencia, casi ninguno de los conductores Uber que conocí lo estaban haciendo a tiempo completo. Todos tenían otros empleos y esto era una fuente de ingresos secundaria para mejorar sus vidas. ¿Por qué no es noble de nuestra parte ser clientes de Uber y apoyar el abogado recién egresado o al matrimonio joven que intenta comprar su primera casa?

En otras ciudades, el grueso de conductores Uber son inmigrantes recientes. Mientras que mis conductores en Portland e Indianápolis han sido casi todos hombres y mujeres jóvenes blancos, mis conductores Uber en Washington, DC han sido casi todos inmigrantes de color.

¿No hace que usar Uber sea aún más consistente con las metas progresistas si estamos apoyando la subsistencia de inmigrantes emprendedores que han venido a los EEUU a tener una mejor vida, y tal vez remitir algunos de esos fondos de vuelta a casa?

Para algunos de esos conductores Uber que son inmigrantes, conducir es probablemente su principal fuente de ingreso. ¿Vamos a negarles ese ingreso porque conducir en Uber es visto como menos que perfecto en comparación con los trabajos de la vieja economía? ¿Deberíamos dejar de usar Uber y hacer menos probable que vengan inmigrantes, dejándolos en una mayor pobreza en sus países de origen?

Si la mejora de las vidas de los pobres del mundo es una meta progresista, entonces usar Uber (sin mencionar comprar ropa de “sweatshops”) están entre las cosas más morales que podemos hacer.

¿Qué pasa con la seguridad?

Algunas personas están preocupadas de que Uber puede ser más peligroso que los taxis. Los datos no parecen soportar esto, y un estudio reciente muestra que la entrada de Uber a una ciudad reduce el número de arrestos por conducción bajo la influencia del alcohol y de muertes. No sólo los conductores Uber no son más propensos a cometer crímenes que los conductores de taxi, la disponibilidad de un viaje barato que llega rápido con un esfuerzo mínimo por parte del cliente salva vidas y mantiene a los conductores peligrosos fuera de la calle. De nuevo, esto parece ser una meta que los progresistas debieran apoyar.

Es sólo que parece extraño que los progresistas que lamentan el advenimiento del Hombre Unidimensional o la “McDonaldización” de América objetarían a las innovaciones que proveen a más gente arreglos laborales más flexibles que les dan más control sobre su capital y las condiciones de su trabajo.

Parece extraño que ellos objetarían un servicio que disminuye el costo del transporte para la gente con medios limitados y permite a gente joven sobrevivir en ciudades grandes sin tener un auto propio.

Progresistas = Conservadores

Tal vez esto sólo se trata del miedo al cambio sin control que Hayek vio en el corazón de lo que él llamó conservadurismo. Ciertamente parece como si las objeciones “progresistas” a Uber reflejaran una nostalgia por la economía de los 1950s que es un paralelo de la nostalgia conservadora por la vida familiar de esa misma época.

Y al final, el miedo a Uber sugiere que algunos progresistas en realidad son conservadores por dentro. El argumento a favor de Uber es el argumento a favor del progreso igualitarista, que está basado en una disposición a dar la bienvenida al cambio sin control frente a los supuestos progresistas que permanecen diciendo “deténganse” a lo largo de la historia económica.

20150410_1sh2012insidehiresSteven Horowitz

Steven Horowitz es el profesor de la cátedra Charles A. Dana de Economía en la Universidad de St. Lawrence y el autor de La Familia Moderna de Hayek: Liberalismo Clásico y la Evolución de las Instituciones Sociales.

 

Traducción: Dusan Vilicic Held
Texto original: https://fee.org/articles/uber-is-progress-so-why-aren-t-progressives-on-board/

[Traducción] El miedo al individualismo

Los ataques contra el individualismo distorsionan groseramente lo que realmente es

Tibor R. Machan
01/07/1993

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Tibor Machan Es profesor de filosofía. Escapó de la Hungría Comunista en 1953 y vive en los Estados Unidos desde 1956.

Uno de los regalos de los regalos más importantes que los Estados Unidos le han dado al mundo es la filosofía política del individualismo. El principio central de esta idea es que cada ser humano es importante, especialmente desde el punto de vista de la ley y la política, como un individuo soberano, que no vive por permiso del Gobierno o algún amo o señor. Esa es la idea básica sobre la que se apoyan no sólo el proceso democrático, la Primera Enmienda de la Constitución de los EEUU, y las varias prohibiciones que tiene el Gobierno respecto de cómo tratar a la ciudadanía, sino que también el sistema económico de mercado libre.

Individualismo y Capitalismo

El sistema de mercado libre o capitalismo está fundado en la doctrina de que cada persona tiene un derecho básico a la propiedad privada sobre su trabajo y lo que esa persona crea y gana libre y honestamente. La idea económica del comercio libre -en trabajo, habilidad, bienes, servicios, etcétera- descansa de lleno en el individualismo. Nadie es el amo o sirviente de nadie más. No está permitida ninguna servidumbre involuntaria excepto como castigo por un crimen. De esta forma todos tienen el derecho básico a comerciar libremente – así como a llevar a cabo cualquier otra clase de acción pacífica, incluso cuando su decisión particular puede no ser la más sabia o incluso moralmente ejemplar.

En una sociedad individualista la ley defiende la idea de que todos son libres para elegir asociarse con otros bajo sus propios términos – sea por motivos económicos, artísticos, religiosos románticos. No que todas las decisiones que la gente tomará serán buenas. No que los individuos son infalibles. No que ellos no pueden abusar de su libertad. Todo ello es obvio. Pero nada de eso justifica hacer que otros sean sus amos, por muy inteligentes que esos otros puedan ser. Citando a Abraham Lincoln, “ningún hombre es suficientemente bueno para gobernar a otro hombre sin el consentimiento de ese otro”.

Pero hoy la filosofía política bajo más severo ataque en muchos círculos intelectuales es el individualismo. Desde sobrantes marxistas a comunitaristas recién emergidos, y hasta pragmáticos democráticos en los campos de economía política, sociología y filosofía – todos están difamando al individualismo. toma fuerza hace varios años con la publicación del libro de Robert N. Bellah llamado Hábitos del Corazón: Individualismo y compromiso en la vida americana, y continúa con innumerables esfuerzos relacionados, incluyendo el lanzamiento del periódico La Comunidad Sensible y la publicación de un nuevo libro por parte de Bellah, La Sociedad Buena, como también el libro recién publicado de Amitai Etzioni llamado El Espíritu de Comunidad.

Estos y muchos otros esfuerzos constituyen un ataque concertado contra el individuo y sus derechos. Tal vez predeciblemente, los esfuerzos incluyen groseras distorsiones de lo que el individualismo realmente es. Supuestamente incentiva la deslealtad a la familia, amigos y país. Supuestamente es hedonista e inculca sentimientos antisociales en la gente. Presuntamente es puramente materialista, vacío de cualquier valor espiritual y cultural.

Pero tal distorsión es acompañada de un enfoque selectivo en un área muy limitada de la filosofía individualista, empleada principalmente en el análisis económico técnico y que meramente sirve como modelo con el cual comprender eventos estrictamente comerciales en economías de mercado libre. Una concepción exclusivamente económica del individuo humano es ciertamente estéril – trata a todos como nada más que un cúmulo de deseos. Pero esto no es muy diferente de la forma en que la ciencia emplea modelos, tomando una idea muy simple para comprender un área muy limitada del mundo.

Individualismo, Verdadero versus Falso

Los anti individualistas no ven al individualismo como fue desarrollado por pensadores como Frank Chodorov, F.A. Hayek, o Ayn Rand, menos aún por algunos de sus estudiantes contemporáneos que están desarrollando estas ideas y mostrando qué tan vibrante pueden ser un sistema político y una cultura cuando los seres humanos son comprendidos como individuos. El poder creativo de los seres humanos debiera dejar claro que su individualidad es innegable, crucial para cada faceta de la vida humana, buena o mala. Aún así, esta individualidad esencial de cada persona de ningún modo quita el vital rol que cumplen para ellos las diversas afiliaciones sociales; los individuos humanos son seres sociales.

El tipo de comunidad digna de la vida humana está ligado íntimamente al individualismo; una comunidad tal, incluso siendo el contexto más apropiado para la vida humana, debe ser escogida por los individuos que la ocupan. Si esto es editado al forzar a los individuos a participar en comunidades, estas comunidades y no voluntarias no serán comunidades fue genuinas en absoluto. La elección y responsabilidad individuales son esenciales para el florecimiento humano.

De hecho, en los EEUU, donde el individualismo ha florecido más que en cualquier otro lugar, hay millones de diferentes comunidades a las que los individuos pertenecen, a menudo de forma simultánea, y esto es posible porque los individuos tienen su derecho a elegir razonablemente bien protegido. No sólo es que todos los individuos se unen a un amplio abanico de comunidades -familia, iglesia, profesión, clubes, asociaciones civiles y partidos políticos- sino que hay enfoques inmensamente distintos sobre cómo vivir que también atraen alrededor de ellos a grandes segmentos de la población que se unen libremente, sin ninguna coerción ni regimentación. Pero en vez de apreciar la robusta naturaleza del individualismo, incluyendo su apoyo a la forma más saludable de comunitarismo, sus oponentes están intentando desacreditarlo en cualquier forma que pueden. ¿Por qué?

Bien, algunos de sus motivos pueden ser suficientemente decentes – algunos pueden de hecho temer el impacto de un individualismo económico estrecho y por ende quejarse contra todo individualismo. Pero a veces sus motivaciones no se pueden entender como nada más que un hambre por poder sobre las vidas de otra gente. Si no fuera así ¿por qué ignoran estos críticos a versiones perfectamente razonables del individualismo e insisten en las caricaturas? Una y otra vez invocan la caricatura incluso cuando otras versiones bien desarrolladas están disponibles.

Algo como esto parece ser la mejor explicación para desear destruir el descubrimiento estadounidense más significativo, específicamente la vital contribución de la individualidad a la cultura humana ¿Por qué serían lanzados tales ataques si no es para reintroducir la subyugación, la servidumbre involuntaria, y la denigración de individuos como individuos a favor de alguna élite?

Sin duda aquellos que claman por poder racionalizan sus acciones con la idea de ciertos objetivos dignos: ellos desean una comunidad cooperativa, armoniosa y mutuamente enriquecedora. A menudo creen que los individuos son peligrosos como individuos, pero son maravillosos como miembros de una comunidad. Como la autor rusa Tatyana Tolstaya observa en una edición reciente de La Nueva República:

Tomados individualmente, en suma, no todos son buenos. Tal vez esto es verdad, pero entonces ¿cómo lograron todas estas alimañas constituir un buen pueblo? La respuesta es que “el pueblo” no está “constituido de”. De acuerdo a [los colectivistas] “el pueblo” es un organismo viviente, no una “mera conglomeración mecánica de individuos dispares”. Esto, por supuesto, es el viejo e inevitable truco del pensamiento totalitario: “el pueblo” es postulado como unificado y entero en su multiplicidad. Es una esfera, un enjambre, un hormiguero, un panal, un cuerpo. Y un cuerpo debiera aspirar a la perfección; todo en él debe ser suave, elegante y armonioso. Cada órgano debiera tener su lugar y función: el corazón y el cerebro son más importantes que las uñas y el pelo, y así sucesivamente. Si tu ojo te tienta, entonces arrancalo y deséchalo; amputa los miembros enfermos, pon freno a esas extremidades que no van a obedecer, y fortifica tu espíritu con abstinencia y oración.

Es por eso que ellos debieran estar en el poder: Ellos son la cabeza del organismo, de la comunidad; ellos saben lo que es bueno; y ellos debieran estar tomando las decisiones sobre quién continúa siendo parte de él y quién debe ser descartado.

Los miembros de la sociedad de hecho tienen diferentes roles; los economistas hablan convincentemente de los beneficios de la división del trabajo. Los errores de los colectivistas son (1) su presunción de que saben mejor que los individuos involucrados cuáles miembros de la sociedad son menos importantes, y (2) que ellos tienen el derecho a eliminar a esos miembros. Pero los individuos son fines en sí mismos, no animales a ser sacrificados en el altar del Estado colectivista.

tiborniceTibor R. Machan
Tibor R. Machan es un Profesor Emérito en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Auburn y previamente tuvo la Cátedra R. C. Hoiles de Ética Comercial y Libre Empresa en la Escuela Argyros de Negocios y Economía en la Universidad de Chapman.


Traducción: Dusan Vilicic Held
Texto original: https://fee.org/articles/the-fear-of-individualism/