[Traducción] Mi año como billonario

Por Joe Kent

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Cuando tenía 22 años, tuve la experiencia única de ser capaz de vivir como un  billonario. Para proteger los nombres de aquellos involucrados, prefiero no entrar en detalles de cómo tuve acceso a tanto dinero, pero digamos que súbitamente tuve una especie de padrastro muy rico.

Este hombre era enormemente rico. Era dueño de equipos deportivos,  y compañías de Fortune 500. Tenía una mansión multimillonaria, y un jet privado. Él era el hombre más rico que había conocido, y súbitamente, yo era como su hijastro.

Creo que todos debieran vivir la experiencia de ser fabulosamente rico. Al menos por un año. Te da una gran expectativa del mundo. Por un lado, podía viajar. Visité más países ese año, que en el resto de mi vida.

Pero otra razón por la que todos debieran experimentarlo es porque por el resto de tu vida, sabrás de lo que te estás perdiendo. Cuando vuelvas a ser pobre (como lo soy hoy), sabrás exactamente qué tan pobre eres, comparado con qué tan rico podría ser. Por el resto de tu vida, cada pedazo de filete que comas puede ser comparado con el filete de un billonario, y sabrás exactamente la diferencia. Y es una diferencia muy importante de recordar. Porque la diferencia es –  no mucho, en realidad.

En lo que a filetes respecta, era bueno. Pero teniendo que elegir entre el filete casero hecho por mi mamá, y un filete servido en un restaurant caro, yo prefiero el de mi mamá cada vez. Ambos saben muy bien, y están cocidos a la perfección, con la cantidad justa de sazón. Pero no me interesa cuánto cuesta el filete, porque mi mamá cocina el mejor filete del mundo.

Lo mismo sucede con casi todo lo demás. En la mansión, teníamos un sistema de cine con un proyector. En mi pequeño departamento tengo un pequeño proyector que uso para proyectar en mi pared blanca. La calidad de la imagen es tan buena, que difícilmente notó La diferencia entre lo que tengo ahora, y lo que tenía en la mansión.

En la mansión teníamos una gran piscina. En mi complejo de apartamentos Tenemos una gran piscina. por lo general no hay nadie en la piscina ¡y ni siquiera me tengo que preocupar de limpiarla!

En la mansión teníamos nuestro gimnasio personal. en mi departamento tengo Mi par personal de shorts, que uso para salir a correr.

En la mansión teníamos una cocina gigante. Parecía salida de una revista. Tenía hermosa iluminación, una isla en la mitad hecha de mármol, un microondas que parecía de la era espacial, y un lujoso lavavajillas.

Por supuesto, mi pequeño departamento tiene su propia cocina, con un microondas, y un lavavajillas. Claro que no es tan bonita como la cocina de un millón de dólares, pero tengo todas las ollas y sartenes que necesito, y puedo cocinar todo lo que quiero.

En cuanto a muebles ¿Cuántos necesita uno realmente? La mansión estaba llena de camas y sillones. Un museo entero de camas y sillones. A veces una mesa aquí o allá. A veces una silla. Una lámpara ¿Qué se puede comprar realmente, aparte de camas y sillones?  Recuerdo caminar a través de la mansión llena de camas, sillones, mesas, y sillas y pensar ¿Cuál es la gracia? Cuando éramos pobres también teníamos camas, sillones, mesas, y sillas. Seguro, no teníamos tantas, pero ¿cuántas necesitas?

Mi padrastro billonario (como lo llamaremos) tenía un Audi. Era uno de los autos más lujosos del momento. Tenía un  manos libres, GPS, un sensor que piteaba cuando retrocedía. Era una maravilla tecnológica.

Pero me anticuado y viejo Mercedes Benz 1986 también es una maravilla tecnológica. lo compré por sólo $600, y anda y anda y anda. El pináculo de la ingeniería alemana de 1986, con paneles de madera, y un nuevo (en ese tiempo) dispositivo de seguridad llamado “airbag”. Ese auto me ha llevado de A a B, e incluso hasta Z, y de vuelta, y a veces hasta voy más rápido que los Audis en el camino.

Desafortunadamente, mis años como billonario han terminado, y ahora he vuelto a ser pobre nuevamente. Pero eso no es tan malo. Soy tan feliz cómo lo fui cuando era rico. De hecho, probablemente más feliz.

Pero, hay una cosa que el billonario tiene que yo no. El enorme poder para dar. Desearía poder dar la cantidad de dinero a la gente pobre que el billonario daba. Primero que todo, daba trabajo a miles de personas. En segundo lugar, él daba millones de dólares cada año a la caridad. Él ayudaba a gente alrededor del mundo, desde Guatemala a Filipinas. Él hacía viajes especiales para asegurarse de que el dinero estaba yendo a los proyectos adecuados, y a la gente indicada. La gente que realmente necesitaba la ayuda por encima de todos.

Este millonario daba porque él era un ser humano, y empatizaba con su prójimo. Alguna vez fue pobre también, así que sabía exactamente lo que es no tener suficiente para comer. Tenía tanta compasión qué sabía que quedarse con su dinero para sí mismo ayudaba más que si lo regalara todo. Porque si lo regalaste todo, no quedaría más dinero para entregar. Pero si se quedaba con algo para él, entonces podría seguir invirtiéndolo con gente, para que muchos más de nosotros pudiéramos permitirnos comprar nuestras propias camas, sillas, y sillones.


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Joe Kent

Un músico viviendo en Maui, Hawaii. Soy un libertario activo en el partido. También soy un ex-delegado de Ron Paul, y un ancap. Adicionalmente, participo en las elecciones para el Congreso de los EEUU por el Distrito Congresional 2.


Traducido al español por Dusan Vilicic Held. Artículo original publicado en Liberty.me. Si quieres apoyar mi trabajo puedes hacerlo donando acá.

Translated to Spanish by Dusan Vilicic Held. Original article published on Liberty.me. If you want to support my work you can do it by donating here.

De déspotas e ignorantes

El Mercurio publica hoy una columna de Cristián Warnken titulada “Chile: ¿quién sabe?“, donde éste comete varios errores y cae en varias falacias que me hacen pensar que es malintencionado y no sólo tonto. Esto porque yo suelo, en casos así, asumir que la persona no es malintencionada, y que sólo es tonta o ignorante. Es decir, quiere hacer algo bueno, pero no sabe cómo hacerlo, y en su ignorancia o falta de reflexión, termina sugiriendo o haciendo cosas incluso hasta contraproducentes. En fin, manos a la obra.

Primero, cae en una brutal generalización, al asumir que los chilenos «no son capaces ni de un segundo de contemplación o admiración en silencio». Aparentemente Warnken no se considera chileno, ni tampoco lo son los miles de ¿chilenos? que sí somos “capaces de contemplación”. Esto es una falacia muy obvia, y muy común entre quienes quieren tratar de manipular la realidad presentándola de una forma falsa, distorsionada, para lograr cierto efecto.

No explica para nada cuales serían los «signos de este bosque de símbolos» que según él «se perdieron». Tal vez sea porque ni él sabe de qué está hablando, que simplemente escribió eso porque suena “poético” y de algún modo da una impresión de ser verdad, simplemente porque cada quién va a rellenar mentalmente ahí lo que cada quién cree que es eso que se “perdió”. Es un recurso muy típico en los discursos que se crean para, también, lograr cierto efecto en el lector (en este caso, indignación, probablemente), sin presentar una causa real y concreta.

No explica tampoco por qué todos debieran saber reconocer cada especie de flora y fauna. Acá comienza a evidenciarse su problema: a Warnken le molesta que al resto de gente no le guste lo mismo que a él. Esto se confirma hacia el final, cuando comienza a reclamar por las «ruidosas y groseras “motos de agua”». Es una enfermedad común entre los intelectuales e intelectualoides (aquellos que se quieren hacer pasar por intelectuales) el querer presentar sus propios gustos y preferencias como si éstas fueran de algún modo superiores. Que de algún modo sus gustos son los correctos, y quienes no los compartes básicamente pecan, son herejes que deben ser subyugados. El clásico desprecio al prójimo. Y este desprecio sale a la superficie completamente en momentos como cuando dice que «el hombre es prescindible», que no es más que trivializar al otro, las personas no son importantes, dando la idea de que cualquier agresión cometida en el afán de imponer sus gustos particulares es algo trivial, sin necesidad de ser justificada. «El hombre es prescindible», así que no importa si hay que subyugarlo y quitarle su libertad, con tal de que se comporte como él desea. Ese es el mensaje que al menos yo voy encontrando en su columna. Bastante perverso, en mi opinión.

Es curioso que Cristian se indigna porque un terreno estatal esté sucio, pero no parece hacer mucho por limpiarlo. No parece entender el problema que hay ahí. Esa playa que él menciona es “de todos”, pero como bien sabemos “lo que es de todos no es de nadie”, y por ende no se cuida y nadie se preocupa mucho por su mantención. Si ese terreno fuera de alguien que quisiera explotarlo comercialmente como atracción turística, es muy seguro que se aseguraría de que hubiera basureros, y gente recogiendo la basura que pueda haber sido dejada fuera de ellos, para mantener la limpieza y atractivo del lugar. Poca gente gusta de visitar atracciones turísticas sucias con basura, por lo que si el empresario quiere lucrar, debe mantener el lugar limpio. Pero gente como Warnken no están interesados en estudiar cosas tan “mundanas” como economía, la ciencia que se dedica a entender la acción humana y sus consecuencias.Y por eso no entienden cosas como lo que es la tragedia de los comunes, ni cómo se soluciona. Terminan haciendo un diagnóstico equivocado, y por ende, con soluciones inefectivas y hasta contraproducentes. Esto queda clarísimo en el momento en que dice que lo que «une a un flaite y a mucho[s] miembro[s] de nuestra clase dirigente» es «el desamor a lo propio». No se da cuenta que lo estatal no es “propio”, olvida que “lo que es de todos no es de nadie”, por ende no tiene sentido hablar de “algo propio” en su ejemplo. Sin olvidar que Warken parece pretender que por haber nacido en algún lugar del territorio del Estado de Chile, entonces de algún modo se es propietario de ese territorio. Eso es falso. Chile no es “de los chilenos”, cada terreno es de su(s) propietario(s) y de nadie más. No tiene sentido que uno adquiera derechos sobre un terreno en La Serena simplemente por haber nacido en Puerto Williams, es un disparate que sólo tiene consecuencias contrarias a lo que parece buscar Warnken.

En fin, no parece ser más que otro más en una larga lista de iluminados que creen que sus propios gustos y preferencias son superiores y dignos de ser impuestos al resto por medio de la violencia de ser necesario. Un déspota más, sencillamente.

Errores comunes acerca de privatización y estatización

Mario Bunge escribe en El País una columna titulada “Privatización ‘versus’ nacionalización“, donde trata de explicar porqué no considera que sea buena una privatización total de todo recurso y servicio, ni tampoco una estatización (“nacionalización”) completa, y porqué ni lo uno ni lo otro son cosas esencialmente “malas”. Lamentablemente su columna está plagada de errores, de modo que cualquier conclusión a la que llega no es significativa. Mi intención acá es explicar algunos de los errores que comete, y tal vez aprovechar para explicar algunos temas relacionados con economía, justicia, y los derechos de propiedad.

Primero que nada, Bunge cae en errores ya al principio, al identificar a los conservadores con la privatización. Esa afirmación está muy lejos de la realidad. A pesar de que los conservadores tienen tendencias liberales, y a veces han apoyado privatizaciones, no es lo que siempre ha sucedido. Muchos gobiernos y políticos denominados “conservadores” han comprado acciones de empresas privadas (una estatización parcial), e incluso hasta creado empresas estatales o confiscado empresas y recursos privados, para qué hablar de expropiaciones, bajo la excusa del “bien común”. Además, existe tal cosa como un conservador socialista. Actualmente en Chile el conservadurismo socialista es bastante fuerte, y se expresa en cosas como oposición a la liberalización de drogas, entre otras. Muchos conservadores de partidos “de derechas” apoyan todo tipo de estatizaciones y expansiones de la intervención estatal en la economía. Ergo, es un error más o menos grande asumir que un conservador en general desea privatizar.

Otro error que Bunge también comete al principio es confundir propiedad privada colectiva, con “socialización” en el sentido en que normalmente se entiende el término, es decir, estatización. Cualquier liberal que se precie entiende que la propiedad privada colectiva es una forma totalmente legítima de ejercer dominio sobre un bien. No deja de ser privada por ser colectiva, ni tampoco es estatal por no ser individual. Las sociedades son formas de ejercer el derecho de propiedad privada de forma colectiva, siendo uno de sus más claros ejemplos las sociedades anónimas. Nadie en su sano juicio afirmaría que una fábrica que es propiedad de una sociedad anónima ha dejado de ser propiedad privada, menos aún que ha pasado a ser propiedad estatal (“pública”). Entonces no existe un conflicto entre propiedad privada colectiva (como las cooperativas que menciona Bunge), y el concepto de propiedad privada como tal, pues la propiedad privada puede perfectamente ser individual o colectiva.

Otro error que el autor comete en su primer párrafo es asumir que lo que se haga en Suiza o en los EEUU es un ejemplo de capitalismo. Este error es muy común, y lo he escuchado muchísimas veces. Es fácil ver el error. Si esa afirmación es correcta, significaría que si en Suiza decidieran estatizar todo y que el Estado decidiera cómo se produce y distribuyen los recursos de acuerdo a planes quinquenales, la URSS habría sido capitalista, no socialista. En efecto, es falaz decir “lo que haga X es capitalista”, porque no necesariamente X hará cosas “capitalistas”. Lo cual nos lleva a preguntarnos el significado de “capitalismo”. Mi comprensión de esa palabra implica un mercado libre de intervención estatal, es decir, una sociedad con instituciones de corte liberal. Ahora, si se quiere ser estricto, “capitalismo” puede entenderse de muchas maneras. Los marxistas y afines le llaman así a la “dictadura o dominio del capital”, mientras que otra definición habla de un sistema en el que se puede generar y acumular capital de forma libre, habiendo incluso otras distintas, con diferentes implicancias. Es por esto que hablar de “capitalismo” sin al menos dar a entender qué se entiende por el término es como mínimo caer en ambigüedades, en el peor de los casos puede implicar un uso inconsistente de acepciones y tener como resultado un argumento falaz e inválido.

Pasando a otro error que Bunge comete, esta vez ya por ignorancia de la ciencia económica, es asumir que quien desea que se privaticen recursos, nunca lo hace pensando en la utilidad pública, y que la utilidad pública no se considera cuando los recursos son de propiedad privada. Es un error también común que deriva de no entender a cabalidad conceptos económicos como ‘utilidad’, ‘lucro’, y las condiciones necesarias para que un intercambio libre y voluntario se lleve a cabo. La utilidad es el nivel de satisfacción que una persona deriva de la realización de algún fin, por ejemplo de comer una manzana. Esto significa que la utilidad es siempre mental y subjetiva, es decir, no es algo físico mensurable y cada persona deriva una utilidad diferente de las mismas cosas, pues los fines son diferentes y la intensidad con que se desean estos fines varía de persona a persona (y de momento a momento). Lucro, en ciencia económica, es simplemente un beneficio, cualquiera que este sea. La definición contable y legal de esta palabra difiere de la económica y se refiere a la utilidad financiera que deja el ejercicio de una actividad, pero esta definición no es buena para describir el verdadero lucro económico, que es como ya dije, cualquier beneficio que se pueda percibir de algo, incluyendo cosas como una mayor comodidad, tranquilidad, placer, felicidad, entre otras categorías similares no mensurables y mentales. También sabemos que un intercambio libre y voluntario sólo será llevado a cabo cuando todas las partes involucradas consideran que se verán beneficiadas de su concreción. Es decir, sólo se dará el intercambio si cada parte valora más lo que recibe, que lo que entrega a cambio. Esto es considerando todo lucro económico, entendido como ya expliqué antes, es decir, incluyendo toda clase de beneficio, material o inmaterial, físico o mental, no sólo el beneficio financiero o monetario. De esto se sigue que un intercambio voluntario sólo se dará si incrementa el bienestar de la sociedad en su conjunto, es decir, la sumatoria del bienestar de cada persona, si se quiere expresar de esa forma, a pesar de que el bienestar no sea algo cuantificable. De aquí proviene el error que Bunge comete al creer que la “utilidad pública”, es decir, el bienestar de todos en conjunto, no necesariamente aumenta cuando se llevan a cabo intercambios libres y voluntarios en un marco de respeto a los derechos de propiedad privada (individual y colectiva). El autor cree que un intercambio libre y voluntario puede darse en casos donde una de las partes no valora más lo que recibe que lo que entrega a cambio. Por supuesto, luego del intercambio las valoraciones de cada uno pueden cambiar (y de hecho lo hacen), y esto puede llegar a implicar que una o más de las partes pasa a valorar más lo que anteriormente entregó, que lo que recibió a cambio. Esto se llama “cometer un error”, y es imposible evitar que las personas cometan errores, en tanto es imposible prever cuales serán las valoraciones que cada persona dará en el futuro a cada cosa y fin. Por esto es que es imposible que la propiedad estatal de algún recurso sea capaz de mejorar el resultado que emerge de los intercambios libres y voluntarios que se dan de manera espontánea en un marco de respeto a los derechos de propiedad privada. Y nada de esto es cubierto por un “velo ideológico”. Tampoco es un esquema simplista, afirmar eso sería desconocer la complejidad implícita en lo ya dicho, donde en un contexto de la existencia de miles de milllones de personas, se intecambian miles de millones de recursos diferentes, y teniendo cada una sus propios fines y valoraciones de éstos, lo que se tiene es un sistema sumamente intrincado y complejo, al que se suele llamar con nombres tales como “economía”, “mercado” y “sociedad”, siendo éstos esencialmente sinónimos, variando sólo en el punto de vista usado para observar el mismo fenómeno. En este punto se podría discutir de la necesidad de que el Estado sea propietario de algunos recursos para garantizar este marco, pero no es mi intención entrar en esa discusión, que es diferente de los puntos que quiero hacer acá, además de no ser parte de la argumentación de Bunge.

Me parece que lo ya explicado es suficiente para entender los errores esenciales que Bunge comete, los que luego repite numerosas veces en el resto de su escrito. También comete otros errores que podría ser interesante abordar, pero que por ahora elijo no hacerlo para no extenderme más de lo que ya he hecho. Probablemente lo haga de manera individual si alguien me lo solicita.


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Crítica a Marcel Claude y Jaime Bellolio

Hace un tiempo un amigo me mandó este video de Marcel Claude hablando con Jaime Bellolio. Tal vez esperaba que defendiera a Bellolio, pero haré lo contrario.

Para empezar, criticar su afirmación de que “los bancos deben ser regulados”. No! Hay que eliminar regulación, partiendo por abolir el Banco central, abolir las leyes de curso forzoso y abolir las leyes que les conceden privilegios a los bancos para operar con una reserva fraccionaria, además de insistir en que el gobierno no rescatará a ninguna empresa, sea o no “muy grande para quebrar” ni garantizará los depósitos. Eso en realidad es subsidiar a los ricos.

En segundo lugar, el estado a través del Banco Estado no debe usar recursos extraídos por impuestos para “dedicarse a aquellos ámbitos a dónde no están llegando los privados”. Si no están llegando ahí es por un motivo. Henry Hazlitt explica muy bien este punto en el quinto capítulo de su obra maestra ‘La Economía en una Lección”. Tal cosa es perturbar los mecanismos que tiene el mercado para asignar los recursos a quienes probablemente harán un uso más productivo de ellos. Además, si el mercado no quiere conceder préstamos a alguien, será porque esa persona no tiene crédito. Eso significa que es muy poco probable que pueda devolver el préstamo. Entonces hacer lo que propone Bellolio no es más que dilapidar recursos escasos, frenar la producción y la elevación de los estándares de vida y poder adquisitivo de la gente en general.

Y pasando a Claude, es cierto que en Chile no opera el libre mercado, aunque a diferencia de su diagnóstico, es porque hay un exceso de regulación, impuestos, subsidios, además de la influencia planificadora del banco central. Como ya mencioné antes [http://on.fb.me/191bMMv], la concepción que tiene Marcel de los monopolios y oligopolios no es interesante. Siempre que haya libre mercado estos grupos no podrán “abusar” de su posición. Lo importante es que se eliminen todo lo posible las barreras artificiales al emprendimiento, y estas barreras son las impuestas por la intervención estatal en forma de subsidios, impuestos y regulaciones, que al final del día benefician sólo a las empresas grandes que tienen los recursos para manejar estas cosas y que ven su competencia reducida a causa de tal intervencionismo.

Es falso que los consumidores no tengan muchas opciones. Bástese con pensar cuántas cosas diferentes uno puede comprar con mil o diez mil pesos. La gran mayoría de cosas que se pueden comprar en un supermercado cuestan menos de diez mil pesos, para qué hablar de otras alternativas como ahorrar. Claro, habrían muchas más alternativas si hubiera menos intervencionismo estatal, pero eso no significa que no haya alternativas.

Después Marcel dice que el interés público está opuesto al interés privado, pero olvida que el interés público está compuesto por los intereses privados de cada persona. El interés público ES el interés privado.

Sobre la democracia, espero que lo que tengamos no sea eso, Hoppe explica muy bien porqué la democracia es un peligro público en las siguientes citas:

“Previsiblemente, bajo condiciones democráticas la tendencia de todo monopolio – de aumentar los precios y reducir la calidad – sólo será más pronunciada. En lugar de un príncipe que considera al país como su propiedad privada, un tutor temporal es puesto a cargo del país. Él no es dueño del país, pero mientras está en el cargo se le permite usarlo para ventaja propia y de sus protegidos. Él es dueño de su uso actual – usufructo – pero no de su capital. Esto no eliminará la explotación. Al contrario, hará que la explotación sea menos calculada y llevada a cabo con poca o nula relación al capital, es decir, de forma cortoplacista. Por otra parte, la perversión de la justicia ahora procederá aún más rápido. En lugar de proteger los derechos de propiedad privada pre-existentes, el gobierno democrático se convierte en una máquina para la redistribución de los derechos de propiedad existentes en nombre de la ilusoria ‘seguridad social’.”

“El modelo americano – la democracia – debe ser considerado como un error histórico, tanto económica como moralmente. La democracia promueve la miopía, el desperdicio de capital, la irresponsabilidad y el relativismo moral. Conduce a redistribución permanente y obligatoria de la riqueza y la renta y a la inseguridad jurídica. Es contraproducente. Promueve la demagogia y el igualitarismo. Es agresiva y potencialmente totalitaria internamente, vis-à-vis de la propia población, así como externamente. En suma, se conduce a un espectacular crecimiento del poder estatal, que se manifiesta por la cantidad de ingresos gubernamentales y de la riqueza parasitariamente apropiados – por medio de impuestos y expropiación – en relación a la cantidad de ingresos privados y riqueza adquiridos productivamente – a través del intercambio de mercado -, y por la variedad y la invasividad de la legislación estatal. La democracia está condenada al colapso, tal como el comunismo soviético estaba condenado al colapso.”

Sobre lo del financiamiento de las campañas políticas por “los poderes fácticos” (a los que yo y cualquier economista que entienda algo de esto llama “intereses especiales”) estoy de acuerdo. La cosa es que los sistemas democráticos, por su naturaleza degeneran en esto. El problema no es que no haya democracia, el problema ES la democracia, al menos en este punto.

Lo último es que Claude no entiende que el lucro, en un mercado libre, es una señal que indica que lo que se está haciendo es valorado por el resto -por la sociedad si se quiere-. Entonces el fin de lucro en esas condiciones implica hacer lo que la sociedad valora más. ¿Qué cosa es más democrática, social, y de utilidad pública que eso?