De déspotas e ignorantes

El Mercurio publica hoy una columna de Cristián Warnken titulada “Chile: ¿quién sabe?“, donde éste comete varios errores y cae en varias falacias que me hacen pensar que es malintencionado y no sólo tonto. Esto porque yo suelo, en casos así, asumir que la persona no es malintencionada, y que sólo es tonta o ignorante. Es decir, quiere hacer algo bueno, pero no sabe cómo hacerlo, y en su ignorancia o falta de reflexión, termina sugiriendo o haciendo cosas incluso hasta contraproducentes. En fin, manos a la obra.

Primero, cae en una brutal generalización, al asumir que los chilenos «no son capaces ni de un segundo de contemplación o admiración en silencio». Aparentemente Warnken no se considera chileno, ni tampoco lo son los miles de ¿chilenos? que sí somos “capaces de contemplación”. Esto es una falacia muy obvia, y muy común entre quienes quieren tratar de manipular la realidad presentándola de una forma falsa, distorsionada, para lograr cierto efecto.

No explica para nada cuales serían los «signos de este bosque de símbolos» que según él «se perdieron». Tal vez sea porque ni él sabe de qué está hablando, que simplemente escribió eso porque suena “poético” y de algún modo da una impresión de ser verdad, simplemente porque cada quién va a rellenar mentalmente ahí lo que cada quién cree que es eso que se “perdió”. Es un recurso muy típico en los discursos que se crean para, también, lograr cierto efecto en el lector (en este caso, indignación, probablemente), sin presentar una causa real y concreta.

No explica tampoco por qué todos debieran saber reconocer cada especie de flora y fauna. Acá comienza a evidenciarse su problema: a Warnken le molesta que al resto de gente no le guste lo mismo que a él. Esto se confirma hacia el final, cuando comienza a reclamar por las «ruidosas y groseras “motos de agua”». Es una enfermedad común entre los intelectuales e intelectualoides (aquellos que se quieren hacer pasar por intelectuales) el querer presentar sus propios gustos y preferencias como si éstas fueran de algún modo superiores. Que de algún modo sus gustos son los correctos, y quienes no los compartes básicamente pecan, son herejes que deben ser subyugados. El clásico desprecio al prójimo. Y este desprecio sale a la superficie completamente en momentos como cuando dice que «el hombre es prescindible», que no es más que trivializar al otro, las personas no son importantes, dando la idea de que cualquier agresión cometida en el afán de imponer sus gustos particulares es algo trivial, sin necesidad de ser justificada. «El hombre es prescindible», así que no importa si hay que subyugarlo y quitarle su libertad, con tal de que se comporte como él desea. Ese es el mensaje que al menos yo voy encontrando en su columna. Bastante perverso, en mi opinión.

Es curioso que Cristian se indigna porque un terreno estatal esté sucio, pero no parece hacer mucho por limpiarlo. No parece entender el problema que hay ahí. Esa playa que él menciona es “de todos”, pero como bien sabemos “lo que es de todos no es de nadie”, y por ende no se cuida y nadie se preocupa mucho por su mantención. Si ese terreno fuera de alguien que quisiera explotarlo comercialmente como atracción turística, es muy seguro que se aseguraría de que hubiera basureros, y gente recogiendo la basura que pueda haber sido dejada fuera de ellos, para mantener la limpieza y atractivo del lugar. Poca gente gusta de visitar atracciones turísticas sucias con basura, por lo que si el empresario quiere lucrar, debe mantener el lugar limpio. Pero gente como Warnken no están interesados en estudiar cosas tan “mundanas” como economía, la ciencia que se dedica a entender la acción humana y sus consecuencias.Y por eso no entienden cosas como lo que es la tragedia de los comunes, ni cómo se soluciona. Terminan haciendo un diagnóstico equivocado, y por ende, con soluciones inefectivas y hasta contraproducentes. Esto queda clarísimo en el momento en que dice que lo que «une a un flaite y a mucho[s] miembro[s] de nuestra clase dirigente» es «el desamor a lo propio». No se da cuenta que lo estatal no es “propio”, olvida que “lo que es de todos no es de nadie”, por ende no tiene sentido hablar de “algo propio” en su ejemplo. Sin olvidar que Warken parece pretender que por haber nacido en algún lugar del territorio del Estado de Chile, entonces de algún modo se es propietario de ese territorio. Eso es falso. Chile no es “de los chilenos”, cada terreno es de su(s) propietario(s) y de nadie más. No tiene sentido que uno adquiera derechos sobre un terreno en La Serena simplemente por haber nacido en Puerto Williams, es un disparate que sólo tiene consecuencias contrarias a lo que parece buscar Warnken.

En fin, no parece ser más que otro más en una larga lista de iluminados que creen que sus propios gustos y preferencias son superiores y dignos de ser impuestos al resto por medio de la violencia de ser necesario. Un déspota más, sencillamente.

Anuncios

Las fatales fallas de nacionalizar el agua

Alejandro Guillier pide estatizar los recursos hídricos

La gente que pide nacionalizar el agua no sabe que hacerlo básicamente significaría condenarnos a tener una escasez de agua. Hay una frase que viene mucho al caso: “Si se nacionalizara el Sahara en poco tiempo habría escasez de arena”. Se refiere a la llamada “Tragedia de los comunes”, fenómeno que se ha observado infinitas veces en la historia allí donde algo ha sido convertido en “de libre acceso”, “de todos” o “de nadie”. Los economistas han explicado este fenómeno hace mucho tiempo, pero la gente que no sabe de economía se deja llevar por las palabras bonitas sin saber que se están condenando a la miseria. Al que le interese el tema, le recomiendo ver este video corto, que es un extracto de esta excelente charla de Enrique Ghersi, dictada en la Universidad Francisco Marroquín.

No es el único problema, porque si el agua es “de todos” tendría o que ser de libre acceso, o habría que consultar con todos (literalmente) para poder usarla. Y como el segundo caso es impracticable, lo primero es lo que se haría. ¿Y qué impediría que uno de los “todos” se la llevara toda? “No, el gobierno establecería cuotas” suele ser la respuesta. Pero en ese caso, técnicamente el agua sería del gobierno, no “de todos”. La lógica de “el agua es de todos” se cae por su propio peso hasta con ese simple examen.

Más aún, privatizar un recurso tan esencial permite “democratizar” el uso de este recurso, dándole la posibilidad a cada comunidad de adquirir el recurso y disponer de él como mejor le parezca. Nadie estaría obligado a permitir que una empresa use el recurso, ni tampoco a venderlo. Así, los que desean evitar el uso industrial del recurso simplemente tendrían que adquirirlo y no venderlo. Si es el estado quién decide cómo se usa el recurso, este mecanismo desaparece y queda a merced de los caprichos del gobernante o funcionario de turno. Y es sabido que estos funcionarios suelen ser presa fácil de la seducción emprendida rutinariamente por las grandes empresas. En ningún modo la estatización garantiza un uso del recurso acorde con los deseos y necesidades de la gente que de otro modo sería con toda probabilidad dueña de él.

Es claro que la mejor solución al tema de los recursos hídricos no es la estatización, sino que la privatización.