¿Es liberal un impuesto a las herencias?

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La respuesta debería ser obvia: los impuestos son, en el fondo, robo, por lo que obviamente un impuesto a la herencia no puede ser liberal. Pero persisten en el mundo personas que tratan de cuadrar el círculo. El último caso con el que me he topado es el de la revista británica The Economist, cuyo último número incluye una columna que defiende ese impuesto.

La columna parte mencionando datos irrelevantes pero interesantes sobre lo ínfima que es la recaudación fiscal (yo le diría robo) para los presupuestos estatales de países de la OECD por concepto del susodicho impuesto. Estos datos sólo sirven para dejar en claro que este impuesto no puede tener fines recaudatorios.

Lo interesante de la columna comienza cuando el autor menciona que oponerse al impuesto a las herencias contrapondría dos “valores liberales”:

Uno es que los Gobiernos no deben impedir que la gente disponga de su riqueza como mejor les parezca. El otro es que una élite permanente y hereditaria hace que la sociedad sea poco saludable e injusta. ¿Cómo elegir entre ellos?

Acá ya se puede decir algo al respecto. El primer principio es correcto, pero el segundo no es un  “principio liberal”, o al menos no como se lo enuncia en la columna. Si se estuviera hablando de élites políticas, podría tener algo de sentido la afirmación, pero no es el caso. Acá el autor habla de las llamadas “élites económicas”. Y estas no suelen ser hereditarias. La gran mayoría de personas que podrían caer en tal categoría son “ricos de primera o segunda generación”. Es decir, o crearon su propia riqueza, o son hijos directos de quienes la generaron. Es muy raro ver a una persona de la “élite económica” que sea de “tercera generación”, habiendo heredado esta riqueza de segunda mano, más raro aún para la cuarta y sucesivas generaciones. La gran mayoría de lo que podríamos llamar “élites hereditarias” son élites políticas, no “económicas”, y son éstas las que un liberal podría considerar dañinas.

En un mercado libre (con poca o nula intervención estatal) una persona sólo se mantiene en una “élite económica” mientras esté administrando su propiedad de forma más rentable y eficiente que el resto. Si el heredero no gestiona bien la riqueza heredada, la irá perdiendo. Esto es algo que de hecho sucede bastante seguido incluso en los mercados altamente intervenidos de hoy en día. Sería entonces innecesario e incluso contraproducente confiscar la propiedad que quien fallece lega a otras personas.

The Economist luego continúa justificando:

El argumento positivo para altos impuestos a las herencias es que promueven justicia e igualdad. Los herederos rara vez han hecho algo para merecer el dinero que reciben. Los liberales, desde John Stuart Mill a Theodore Roosevelt, pensaban que eso necesitaba ser corregido. Roosevelt, quién advirtió que dejar que enormes fortunas pasen de generación en generación era “en gran y genuino detrimento a la comunidad en general”, estaría pasmado con la situación actual.

En este párrafo hay muchas cosas cuestionables. Primero que nada, es risible en concepto de “justicia” que se deja entrever acá. El autor dice, básicamente que si una persona quiere darle algo a la otra, no sólo debe la primera “merecer” lo que va a dar, sino que la segunda tiene que de algún modo demostrar también merecimiento. Tal idea abre la puerta a toda clase de totalitarismo, pues para hacer cumplir esta idea (bastante estúpida, especialmente para un empleado de The Economist) haría falta fiscalizar cada transacción. Cada regalo navideño tendría que ser vetado por alguna burocracia (seguramente Estatal), teniendo que fundamentarse en cada caso el “merecimiento” de ambas partes en la transferencia. Puedo imaginar al autor diciendo “eso no es lo que yo propongo”, pero la realidad es que la extensión de esta fiscalización sería completamente arbitraria. No hay justificación objetiva para limitar esto sólo a las herencias o a ciertas transacciones en particular, por lo que corresponde llevar esta idea a su conclusión lógica y mostrar así lo absurda que es. Es más, para un liberal, una transacción es justa en función de los medios, no de “merecimientos” o fines. Si la persona obtuvo la propiedad (dinero, algún otro objeto, un terreno, acciones, etc.) de forma legítima (no hubo robo, estafa, extorsión, etc.), entonces la transacción es justa, punto. Los merecimientos son consideraciones que quedan fuera de la ética liberal.

Segundo, la igualdad material no es parte de la ética liberal, por lo que no tiene lugar en el argumento. alguno que otro podrá acá tratar de introducir los débiles argumentos de Rawls, pero de partida él no era liberal, por lo que de todos modos no cuenta.

Tercero, ni Mill, ni mucho menos Roosevelt se pueden considerar como liberales. El primero porque era utilitarista, es decir, no poseía principios, sino que más bien su ética se reducía a “maximizar la utilidad de la sociedad”, sin preocuparse en lo más mínimo de derechos o libertades más que como herramientas para lograr ese vago objetivo. El segundo fue uno de los primeros presidentes progresistas y, por lo tanto, para nada liberales. Roosevelt perfeccionó el “arte” de gobernar por decreto en los EEUU. Era un autoritario de corazón, un gran jingoísta que creía que a los EEUU les faltaba, y parafraseo, “una buena guerra para hacerse machos, porque sin derramamiento de sangre un país se vuelve afeminado”. Sobre la situación actual, me parece que estaría encantado con todas las guerras no declaradas en que está metido en Gobierno Federal de los EEUU. Guerra contra las drogas, guerra contra “el terrorismo”, bases militares en todo el mundo, derrocaciones no provocadas de líderes extranjeros cada puñado de años, operaciones encubiertas de todo tipo en medio mundo… yo creo que se sentiría orgulloso de su legado. Pero de liberal no tenía un hueso. Ninguno de los dos. Su defensa de estas figuras nos da una buena pista de la ética a la que adscribe The Economist, por cierto. Si tuviera que resumirlo en un nombre, diría que en esa revista adoran a Hillary Clinton.

Los flujos anuales de herencias en Francia se han triplicado como proporción del PIB desde los 1950s.

¿No se les habrá ocurrido a la gente de The Economist que la cantidad de patrimonio de la gente en Francia también ha aumentado grandemente en ese tiempo? Si una persona gana sólo suficiente para cubrir sus necesidades básicas, es poco lo que puede dejar en herencia. Pero si aumentan sus ingresos y comienza a poder ahorrar, a adquirir patrimonio (viviendas, vehículos, ahorros, entre otros bienes muebles e inmuebles, etc.) su patrimonio heredable aumenta mucho. La elección de fecha base no parece tomada al azar, aunque les daré el beneficio de la duda. De todos modos, tomar una fecha en que el patrimonio heredable es muy pequeño para la persona común, y compararlo con una fecha en que hasta la gente del decil más pobre logra acumular durante su vida una cantidad significante de patrimonio es como mínimo ser poco honesto y cuidadoso en el uso de las estadísticas.

La mitad de los billonarios de Europa han heredado su riqueza, y sus números parecen estar creciendo.

Es difícil juzgar esta afirmación sin que se fundamente ¿Será que en The Economist no son rigurosos a la hora de fundamentar sus afirmaciones? ¿O será que no les conviene citar su fuente porque esta ha sido refutada? Pueden estarse refiriendo al derechamente pésimo trabajo de Piketty, o pueden estarse refiriendo a cualquier cosa que bien puede tener una explicación que contradice su tesis. Imposible saberlo si no fundamentan. Por ende uno sólo puede asumir que la afirmación es falsa hasta que se demuestre lo contrario.

Sin embargo, en 2017 no está claro cuán decisivo es el papel de la herencia en el afianzamiento de la élite hereditaria.

En este y el siguiente párrafo The Economist curiosamente destruye su propio argumento. Primero parte sugiriendo que se hace necesario confiscar las herencias porque eso crea élites económicas, pero luego dice que no se sabe si eso realmente sucede… pero igual hay que poner el impuesto, supongo que porque a un socialista (light o de cualquiera otra variedad) no le preocupa no tener una justificación real para imponer sus preferencias al resto.

cada impuesto es una intrusión por parte del Estado. Si evitar la doble imposición fuera un requisito de una buena política, entonces los Gobiernos necesitarían abolir los impuestos a las ventas, que se pagan con ingresos ya afectos a impuestos.

Si realmente fueran liberales, les bastaría con ese argumento para concluir de forma lógica que todo impuesto debería ser abolido. Pero claramente no lo son.

De hecho, las personas que están en contra de los impuestos en general debieran ser menos hostiles hacia los impuestos a las herencias que a otros tipos. Por muy poco queridos que sean, son de los menos distorsionadores. A diferencia de los impuestos a la renta, no destruyen el incentivo a trabajar—mientras que estudios sugieren que una persona que hereda una cantidad superior a $150,000 es cuatro veces más propensa a dejar la fuerza laboral que una que hereda menos que $25,000. A diferencia de los impuestos de ganancias de capital, mayores impuestos a las herencias no parecen disuadir el ahorro o la inversión. A diferencia de los impuestos a las ventas, son progresivos. En la medida en que un impuesto a las herencias puede financiar recortes a todos los demás impuestos, el sistema puede ser más eficiente.

Primero que nada, un liberal se opone a los impuestos no por un tema de eficiencia, sino que por principio. Los impuestos son robo, por lo tanto hay que minimizarlos o eliminarlos. Que un impuesto sea más “eficiente” que otro no es factor muy relevante para preferirlo. De hecho, uno podría argumentar que es mejor tener impuestos ineficientes que por su naturaleza minimicen la recaudación estatal y así ayuden a limitar el poder estatal. Un impuesto “eficiente” en general beneficia principalmente al aparato estatal y le posibilita crecer desmedidamente.

Segundo, sobre lo del incentivo a trabajar, lo que lo destruye no son tanto los impuestos (que sí tienen un efecto), como los subsidios, el Estado del Bienestar. Más aún si se combinan ambas cosas. Las personas tratan de sobrevivir. Si se les aumentan los impuestos sin dar subsidios de ningún tipo, lo que sucederá es que mucha gente comenzará a compensar de varias formas por los ingresos perdidos, por ejemplo trabajando “en negro”, o incluso posiblemente trabajando más. El incentivo a trabajar se destruye cuando se crean vías para vivir a costa del resto, como los diversos subsidios que existen en la mayoría de países europeos. Esto de hecho va muy en línea con la afirmación de que quienes heredan grandes sumas (lo cual sería lo mismo que un subsidio estatal para efectos del ejemplo) tienden a dejar de trabajar. Esos estudios lo que deberían hacer es mostrarle a socialistas como la gente de The Economist que el Estado del Bienestar (subsidios a la pobreza, servicios estatales “gratuitos”, etc.) destruye los incentivos a trabajar.

Tercero, lo que observan respecto de que confiscar las herencias no parece reducir el ahorro o la inversión se puede deber a muchas cosas, y a mi me parece que no se debe a que a la gente no le importa que le confisquen lo que le quieren legar a sus familias u otros. De hecho, en un párrafo anterior ya mencionaron una posible explicación: la gente evade esa confiscación de un modo u otro. Si la gente puede evadir el impuesto, entonces el impuesto tendrá poco efecto. ¿De verdad les cuesta tanto pensar a la gente de The Economist? ¿O será que su ideología les compele a mentir sobre o ignorar ciertos hechos?

Cuarto, un liberal se opondría tanto a impuestos progresivos como regresivos. El principio de igualdad ante la ley lo lleva a uno a defender un impuesto igual para todos como el “menos injusto”. Uno podría discrepar en si es preferible una tasa igual o una cantidad absoluta igual, pero se está apuntando a igualdad ante la ley, no a igualdad material, como apuntan en The Economist.

Quinto, hay que ser muy ingenuo para pensar que al imponer un impuesto los políticos van a decidir reducir el resto. Lo que casi siempre sucede es que el nuevo impuesto se crea sin eliminar ni reducir ningún otro preexistente, creando así una nueva fuente de recaudación para aplastar aún más a la explotada sociedad.

El enfoque correcto es lograr un balance entre ambos extremos. La tasa exacta variará de país en país. Pero destacan tres principios de diseño. Primero, apuntar a los ricos; eso significa ponerle impuestos a los herederos en vez de a las propiedades y establecer un límite de exención significativo. Segundo, mantenerlo simple. Cerrar grietas para quienes son atrapados en la red por medio de establecer una tasa plana y dándole a la gente una asignación vitalicia para los legados; establecer una tasa lo suficientemente alta como para que se recauden sumas significativas, pero no tan altas que provoquen evasión en masa. Tercero, con el margen fiscal generado por el aumento del impuesto a las herencias, reducir otros impuestos, reduciendo la carga para la mayoría de las personas.

El enfoque correcto no es “lograr balances”, es hacer lo correcto. Eso significa, como ya dije, una tasa de cero. Cuando alguien dice que lo correcto es buscar un balance, yo reemplazo “impuesto” (robo) con “homicidio” o “violación” y me pregunto si la persona considera que no hay que “irse al extremo” al oponerse al homicidio o las violaciones.

En fin que los principios de diseño propuestos son bastante tontos. En la misma columna el autor demostró porqué no tienen sentido. Enfocarse en los ricos no es efectivo porque, como dice en la columna unos párrafos antes: “la riqueza puede pagar un buen abogado fiscal. … Suecia y otros países con altos impuestos descubrieron que si los Gobierno s imponen una tasa muy alta, los ricos encontrarán formas de evadirla.” El autor parece no tener idea de lo que significa la palabra “coherencia”.

Una “tasa lo suficientemente alta como para que se recauden sumas significativas” si o sí provocaría “evasión en masa”. La única forma de que eso no suceda es no “apuntar a los ricos”, sino que al resto. Ese es el motivo por el cual impuestos como el IVA recaudan tanto. Cualquier economista medio decente entiende que los “impuestos a los ricos” nunca recaudan mucho. La experiencia de los EEUU luego de Hoover y Roosevelt, más las reformas de Reagan, son clara evidencia de ello. Pero como el autor claramente está asumiendo la posición socialista de “robarle a los ricos para darle a los pobres”, es incapaz de admitir lo obvio: su propuesta no produciría resultados ni siquiera lejanamente similares de lo que parece esperar.

El tercer principio es tremendamente ingenuo, como ya dije. Prácticamente no existen políticos que quieran eliminar o reducir ningún impuesto, pero a todos ellos les encantaría la idea de introducir uno nuevo. El resultado en la práctica sería que se crearía un nuevo impuesto (o aumentaría uno preexistente), no se reduciría ninguno, el sistema sería más “ineficiente”, la carga fiscal sería aún mayor que antes, la recaudación no aumentaría mucho, y los más perjudicados al final del día serían los pobres. Sorprendente que una revista de (supuestos) economistas defienda una idea así.

Un sistema impositivo justo y eficiente buscaría incluir impuestos a la herencia, no eliminarlos.

Esa afirmación es tan alejada del liberalismo, que de hecho defiende el tercer punto del manifiesto comunista: “abolición de la herencia”. La columna de hecho defiende el segundo punto del texto de Marx: “impuesto fuertemente progresivo”.

A mí, al menos, me queda claro que la gente de la revista The Economist no es liberal, como dicen ser, sino que son socialistas y estatistas. Su afirmación de ser liberales probablemente tiene que ver con un tema de marketing (sería poco convincente para su público tradicional que se hicieran llamar lo que realmente son), o tal vez simplemente con un tema estratégico, para tratar de confundir lo que es la tradición liberal y así hacer más difícil la tarea de los liberales (de verdad).


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[Traducción] Los libertarios siempre han llevado la delantera en el tema matrimonial

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El líder del Partido Libertario, David Boaz, dice que su partido apoyó la igualdad de matrimonio -y derechos completos para gays y lesbianas- mucho antes que Barack Obama y Hillary Clinton.

Por David Boaz
25 de junio del 2015

Mientras la Corte Suprema se prepara para un juicio histórico, la mayor parte del país ahora apoya el matrimonio gay. Los libertarios lo hicieron primero. De hecho John Podesta, uno de los principales asesores de Bill Clinton, Barack Obama y Hillary Clinton, y fundador del Centro por el Progreso Americano, comentó el 2011 que probablemente debías haber sido un libertario para haber apoyado el matrimonio gay 15 años antes.

Hace sólo 7 años, en la campaña presidencial del 2008, tanto Barack Obama, Joe Biden, como Hillary Clinton se oponían al matrimonio gay. El Partido Libertario apoyaba los derechos de los gays con su primera plataforma en 1972- el mismo año que el nominado a vicepresidente por el Partido Demócrata se refirió a “maricones” en un discurso en Chicago. En 1976 el Partido Libertario emitió un panfleto llamando al fin de las leyes anti-gay apoyando completos derechos  matrimoniales.

Eso no es una sorpresa, por supuesto. Los libertarios creen en los derechos individuales para todos, igualdad ante la ley. Por supuesto que reconocieron los derechos de los gays antes que lo hicieran los socialistas, conservadores, o los “liberales igualitarios”.

La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América promete a los americanos vida, libertad y la persecución de la felicidad. Por supuesto, no todos disfrutaron esos derechos al principio. Pero eventualmente esas ideas enraizaron y llevaron a la abolición de la esclavitud y luego a los derechos civiles y los derechos de las mujeres. Tomó aún más tiempo para que la gente se tomara en serio la idea de la actividad homosexual como un asunto de libertad personal y reconocer a los gays y lesbianas como un grupo merecedor de derechos.

Fueron los liberales clásicos, los ancestros de los libertarios, quienes primero llegaron a esa conclusión. Desde Montesquieu y Adam Smith en el siglo 18, al economista ganador del premio Nobel F.A. Hayek en 1960, Fueron los libertarios quienes insistieron en que (en palabras de Hayek) “las prácticas privadas entre adultos, por muy aberrantes que puedan ser para la mayoría, no son un sujeto apropiado para la acción coercitiva para un Estado cuyo objeto es minimizar la coerción”.

Los historiadores han usualmente notado el peligro general que representa para las minorías un gobierno poderoso y expansivo. En su libro Cristiandad, Tolerancia Social, y Homosexualidad, el historiador de Yale, John Boswell, escribió que “las personas gay estaban de hecho más seguras bajo la República [Romana], antes de que el Estado tuviera la autoridad o medios para controlar aspectos de las vidas privadas de la ciudadanía. Cualquier Gobierno con el poder, deseo, medios para controlar asuntos individuales tales como la creencia religiosa podría también regular la sexualidad, y cómo la gente gay parece ser siempre una minoría, la probabilidad de que sus intereses tendrán mucho peso es relativamente escasa”. En Asuntos Íntimos: Una Historia de la Sexualidad en América , John D’Emilio y Estelle Freedman notaron que un creciente compromiso con la libertad en los Estados Unidos del siglo 18  desencadenó “un declive promedio en la regulación estatal de la moralidad y una transición en las preocupaciones de las transgresiones morales privadas a las públicas”.

A pesar de la amplia influencia del liberalismo en el mundo, los gobiernos han continuado  interfiriendo en la sexualidad. Las relaciones homosexuales eran ilegales en casi todos los Estados estadounidenses, hasta fechas tan recientes como los 60s, y 13 Estados aún tenían tales leyes en los libros hasta que la Corte Suprema las derogó el 2003. Cuando estas leyes eran vigorosamente hechas cumplir,  empujaron a los gays a la clandestinidad y crearon mucha miseria. Los gays y lesbianas no podían ser abiertos sobre sus vidas. Si lo eran, arriesgan ser despedidos, ser expulsados de sus casas, e incluso ser golpeados o asesinados. Una vez que los gay se manifestaron a favor de sus derechos, las actitudes sociales comenzaron a cambiar y los Gobiernos dejaron de hacer cumplir las leyes. Aún así, hasta la sentencia de la Corte, las leyes de sodomía aún eran usadas, por ejemplo, para negar a los padres gay la custodia de sus hijos.

Hoy, los libertarios creen, como John Stuart Mill famosamente escribió, que “sobre si mismo, sobre su propio cuerpo y mente, el individuo es soberano”. Eso se aplica a la gente gay y a todo el resto. Por lo tanto los libertarios continúan oponiéndose a leyes que criminalizan cualquier actividad sexual consensuada entre adultos, en los EEUU y cualquier otro lugar.

Muchos libertarios argumentan a favor de la privatización completa del matrimonio, haciendo de él un asunto de contrato individual y -para aquellos que lo quieran- una ceremonia religiosa, removiendo así cualquier necesidad por un reconocimiento estatal de los matrimonios. Mientras el matrimonio sea una licencia estatal, empero, las parejas del mismo sexo tienen derecho a los mismos derechos legales. La misma regla aplica a otros programas gubernamentales, desde leyes impositivas, a Seguridad Social, a adopción. Los libertarios desearían sacar al Gobierno de la mayoría o todas las áreas, pero mientras el Gobierno esté inmiscuido, debe tratar a los ciudadanos de igual manera. La Corte Suprema podría pronto estar de acuerdo.


David Boaz es vicepresidente ejecutivo del Instituto Cato y autor de La Mente Libertaria, publicado por Simon & Schuster.


Traducido al español por Dusan Vilicic Held. Artículo original publicado en Advocate. Si quieres apoyar mi trabajo puedes hacerlo donando acá.

Translated to Spanish by Dusan Vilicic Held. Original article published on Advocate. If you want to support my work you can do it by donating here.