Gato por liebre

José Luis Cofré, en una columna publicada en El Líbero hace un llamado a que los liberales “dialoguen sobre las grandes similitudes que los unen, abandonando las leves discrepancias que nada aportan al tenerlos separados.” Todo eso suena muy bonito. El problema es que menciona una buena cantidad de grupos y personas que, si bien se hacen llamar “liberales”, realmente están muy lejos de tener lo que José dice, específicamente “la esencia del liberalismo, un escepticismo frente a la autoridad y el poder, limitando a este último, una concepción del individuo como el centro de la sociedad, …una sociedad civil activa que en base al libre emprendimiento produzca el progreso y reduzca la pobreza.” Todos los grupos políticos y personajes que mencionó (“Sociedad, Voluntad Cívica, Evópoli, Amplitud, Ciudadanos, Red Liberal”, o “Felipe Kast, Luciano Cruz Coke, Andrés Velasco, Lily Pérez, Cristobal Bellolio”) ostensiblemente consideran que el Estado debe ser el centro de la sociedad, el ente rector, propietario último de bienes y personas, y regulador de su actuar. No tienen un gran escepticismo frente a la autoridad, ni pretenden limitar mucho el poder. Lo que quieren es que éste sea utilizado para redistribuír la propiedad de las personas, ya sea creando sistemas de salud y educación completamente estatales, que es la posición de Cristóbal Bellolio y “Rojo Progresista” (el nombre con que me parece gracioso llamar a Red Liberal); o que sea instrumentalizado para lograr “igualdad de oportunidades” por medio de redistribución de propiedad privada hacia algunos grupos específicos y la reducción de la libertad en cosas como la selección en establecimientos educacionales (la posición de Felipe Kast). La mayoría de personas y grupos citados de hecho lo que buscan no es reducir y limitar el poder, sino que maximizarlo por medio de maximizar los ingresos estatales, con el objetivo de “llevar a cabo política social”, que no es más que otra forma forma de decir “poner al Estado como centro de la sociedad, invalidando los arreglos a que las personas habrían llegado de forma libre”. Ninguno de ellos realmente cumple con los requisitos que José menciona. Lo cual es realmente lamentable, pues significa que muchas personas están confundiendo este “mini-socialismo” con una corriente filosófica tan interesante y profunda como es el liberalismo, que además ha demostrado ser la única fuente real de progreso y justicia.

Mejores Pensiones: ¡Menos Intervención Estatal!

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Dusan Vilicic Held
Asociación Liberal de Magallanes (ALMA)

Esta columna se publicó el 23 de agosto del 2015 en el suplemento Análisis del diario El Pingüino de Punta Arenas.

En mi última columna -publicada el 15 de agosto del 2015- traté de mostrar porqué volver a un sistema de reparto no es una buena idea. Básicamente porque su rendimiento sería peor, requeriría de que los aportes obligatorios aumenten al doble o más de lo que son hoy, el Estado tendría que gastar más recursos, y además no cumplen con sus promesas en el largo plazo, debiendo ser constantemente reducidas las prestaciones.

Entonces, la pregunta queda: ¿Cómo mejorar el desempeño del sistema de AFP? Sabemos que las comisiones son de alrededor de un 11% sobre la cotización para los aportes obligatorios y alrededor de la mitad de eso para los aportes voluntarios. Si lo que se desea es que las comisiones sean más bajas, existen dos formas efectivas y sustentables: reducción de costos y más competencia. Lo primero se logra liberalizando el rubro, especialmente mediante la eliminación de exigencias innecesarias que imponen costos adicionales a las AFP. Lo segundo se logra eliminando regulaciones estatales que restringen la libre competencia, permitiendo cosas como que la gente cotice en otras instituciones (por ejemplo mutuales o bancos), y reduciendo la tasa de aporte forzado. Exploremos ambas.

Hoy en día, las AFP tienen muchos costos que son claramente prescindibles. Probablemente, el más grande es que deben pagar impuestos, los cuales reducen la rentabilidad que obtienen sus afiliados. Por ejemplo, un vacío legal ha permitido que el Estado cobre un impuesto a las inversiones de las AFP del que el resto está exento. Se estima que como consecuencia, los ahorrantes dejan de percibir unos 120 millones USD anuales, lo cual asciende a unos 4 mil millones USD desde que se instauró el sistema actual de AFP. Es más, los últimos aumentos impositivos empeoran esto[1]. Eximir de impuestos a las AFP y sus inversiones significaría una gran reducción de costos que no sólo aumentaría la rentabilidad de los fondos, sino que también produciría una reducción en las comisiones.

De igual manera se puede lograr una reducción en las comisiones por la vía de la disminución del aporte forzado. La lógica es simple: las comisiones del aporte forzado son el doble de caras que las del Aporte Previsional Voluntario (APV)[2][3], por lo que el ahorrante gastaría menos en comisiones si no hubiera cotización obligatoria. Además, así las AFP deben volverse más atractivas para los ahorrantes, ofreciendo mejores prestaciones y rentabilidades, y menores comisiones. Por último, permitir que la gente ahorre en otro tipo de instituciones tiene el mismo efecto, pero también significaría que la gente sería libre de optar por participar de una institución privada que funcione en base a un régimen de reparto, si así lo prefiere. Este tipo de instituciones existían en el pasado, antes de la existencia de los sistemas estatales de pensiones, y al ser privadas, es automática la regulación de su sustentabilidad y prestaciones. Esta competencia adicional también presionaría a la baja las comisiones de las AFP.

[1] http://www.aafp.cl/wp-content/uploads/2014/02/Serie_de_Estudios_N_91_Dano_Tributario.pdf

[2] http://www.spensiones.cl/safpstats/stats/inf_afiliados/estcom_v.html (Afiliados y no afiliados Septiembre 2015)

[3] http://www.safp.cl/safpstats/stats/apps/estcom/estcom.php?fecha=20151101 (Noviembre 2015)

Mejores Pensiones: ¿No más AFP?

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Dusan Vilicic Held
Asociación Liberal de Magallanes (ALMA)

Esta columna se publicó el 16 de agosto del 2015 en el suplemento Análisis de el diario El Pingüino de Punta Arenas.

Mucho se ha hablado de las bajas pensiones que ofrece el sistema de AFP. En este contexto, se ha vuelto recurrente sugerir un retorno al sistema de pensiones de reparto, bajo el argumento de que eso garantizaría la mejora de las mismas y una mejor calidad de vida para todos. Lamentablemente, esta afirmación no tiene fundamento por varios motivos.

El primero es que un sistema de pensiones de reparto pone muchísima presión sobre las finanzas estatales. Por ejemplo, en los EE.UU., el sistema de pensiones consume alrededor del 24% del gasto estatal[1] y se proyecta que pronto aumentará a más del 30%. En Alemania es más del 47%, mientras que en Finlandia supera el 40% y en Suecia, el 33%[2]. Por su parte, en Chile es poco más del 4%[2][3], lo que significa que para tener un sistema de pensiones estatal de reparto, el Estado probablemente tendría que gastar mucho más en este ítem, lo que implicaría un aumento de gastos en pensiones de unas 6 veces el presupuesto actual. Teniendo en cuenta la estrechez fiscal del Estado de Chile, incrementar el gasto estatal a ese nivel es probablemente imposible.

El segundo es que los sistemas estatales de reparto se financian con un impuesto a la renta adicional que se mueve entre 15% y 50% de los ingresos de la persona; muy superior al 10% del que existe actualmente en Chile. Esto es consistente con la cotización obligatoria en el sistema de reparto que había previamente, donde variaba entre un 20%, hasta más del 50%. Está claro que los empleados chilenos que se espera en el futuro perciban pensiones bajas no podrían renunciar a un 20% más de sus ingresos, lo que potencialmente significaría en muchos casos una condena a muerte.

El tercero es que el rendimiento de estos programas es muy inferior al sistema de AFP, más o menos de un 50% a un 20% menor, peso por peso aportado[4]. Es decir, en el sistema chileno de AFP, por cada 100 pesos que uno aporta, recibe de vuelta entre 20 y 50 pesos más de lo que recibiría por esos mismos 100 pesos en algún sistema estatal de reparto. De hecho, se sabe que actualmente más del 74% de los fondos que manejan las AFP corresponde a la rentabilidad, y sólo un cuarto corresponde a las cotizaciones[5].

El cuarto es que los sistemas estatales de reparto son famosos por sus recurrentes bancarrotas, es decir, que suelen incumplir sus promesas de pago, y las prestaciones que una persona finalmente recibe suelen ser mucho menores que las que se le prometieron cuando comenzó a aportar. Incluso el sistema alemán ha quedado numerosas veces en bancarrota en los últimos años, habiéndose tenido que modificar sus prestaciones muy seguido, por ejemplo en 1992, 1999, 2001, 2004, 2007 o 2014, entre otros. Estas razones son, a mi juicio, suficientemente contundentes para entender que el sistema estatal de reparto no sólo es impracticable en Chile, sino que, asumiendo que lo fuera, terminaría entregando pensiones menores a las que entrega el sistema actual.

[1] http://www.cbpp.org/research/policy-basics-where-do-our-federal-tax-dollars-go

[2] https://stats.oecd.org/Index.aspx?DataSetCode=SOCX_AGG

[3] http://www.dipres.gob.cl/595/articles-90993_doc_pdf.pdf

[4] http://voces.latercera.com/2015/06/28/sebastian-edwards/mi-pobre-jubilacion-californiana/

[5] http://www.aafp.cl/wp-content/uploads/2014/10/Boletin-AAFP-Octubre-2014.pdf

[Traducción] Uber es progreso, ¿Por qué no lo apoyan los progresistas?

Algunos progresistas en realidad son conservadores por dentro

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Steven Horowitz
Lunes 13 de Junio del 2016

He alabado a Uber con anterioridad. Para mí, si la posibilidad de usar Uber está disponible, casi siempre la preferiré por sobre un taxi tradicional. Ser cliente de Uber da apoyo a individuos emprendedores en vez de a empresas de taxis que a menudo son franquicias de monopolio o beneficiarios de otras formas de capitalismo de amigos.

Así que siempre me sorprende cuando algunos de mis amigos igualitarios/progresistas miran con desprecio a Uber y a otras innovaciones similares. Mi intuición es que la gente de izquierda se pondría de lado de los “pequeños” contra los empleadores corporativos y monopolios locales de las empresas de taxis (o grandes cadenas hoteleras en el caso de AirBnB). Y algunos lo hacen. Pero otros no, y vale la pena pensar sobre cómo podríamos hacer el argumento progresista a favor de Uber para ellos.

Seamos claros sobre de lo que realmente se tratan Uber, Lyft, AirBnB, y el resto de la llamada “economía del compartir”. Pensar en términos de “compartir” en realidad no es la mejor forma de ver la naturaleza de su innovación. De lo que realmente se trata es de usar tecnología para reducir de forma dramática los costos de transacción de hacer un uso más eficiente de recursos ociosos.

Los malos viejos tiempos

Tienes una habitación libre en tu casa. Antes de los smartphones, GPS, y la internet, habría sido muy difícil encontrar gente que tuviera una demanda por ese espacio en el momento en que estaba disponible. También necesitabas alguna forma de mostrar confiabilidad. A pesar de eso podrías haber arrendado la habitación por días o semanas a la vez, pero los costos de hacerlo funcionar habrían sido enormes.

Lo mismo es cierto de Uber y Lyft. Después de todo, los jitneys han existido por décadas, y Uber y Lyft son sólo una nueva vuelta de tuerca sobre esa vieja idea. Pero en vez de tener puntos de recogida fijos y de esperar a que pase un jitney disponible y de saber poco sobre el conductor, Uber y Lyft reducen dramáticamente todos esos costos de transacción. Ellos usan una plataforma de software para coordinar a oferentes y demandantes. La economía del “compartir” en realidad sólo es el siguiente gran paso en lo que es la verdadera historia del progreso económico: la continua reducción de costos de transacción a lo largo de toda la economía.

¿Cuál es la queja?

¿Pero qué debería hacer que estas innovaciones sean particularmente atractivas para la izquierda? Una de las características más importantes de Uber, por ejemplo, es que los conductores son propietarios de su capital y establecen sus propios horarios de trabajo y, en su mayoría, las condiciones laborales. Uber simplemente permite que personas con su propio capital lo pongan a trabajar a través de conectarlos de forma más efectiva con los demandantes de ese servicio.

Por más de un siglo, la izquierda ha argumentado que la falta de control de los trabajadores sobre el capital y sobre sus condiciones laborales permitió que fueran explotados por propietarios y jefes. La lógica progresista típica a favor de los sindicatos está unida a esta crítica. Pero Uber provee una solución a esta situación. Los conductores Uber son propietarios de su propio capital (el automóvil) y pueden determinar qué tan seguido trabajan y qué viajes quieren proveer.

Algunos en la izquierda argumentan que esta misma flexibilidad es un defecto, no una virtud, porque no es un trabajo de tiempo completo y no incluye seguros médicos y cosas similares. La mayoría de conductores Uber, no obstante, te dirán que la flexibilidad es exactamente lo que les gusta de él.

¿Quién trabaja para Uber?

Por ejemplo, dos de mis conductores recientemente en Portland lo estaban haciendo para complementar sus ingresos por diversos motivos. En un caso, él estaba a punto de tomar el  examen de abogacía y conducía para generar algún ingreso para obtener una oficina para iniciar su práctica jurídica.

El otro conductor era un administrador en un restaurante de comida rápida y conducía part-time para ahorrar para una casa. Cuando le pregunté sobre la flexibilidad, dijo “por ejemplo esta mañana: mi señora aún estaba durmiendo, así que ¿porqué no salir en el auto y ganar unos cuantos dólares extra?” Su flexibilidad también va en beneficio de gente como yo, que necesitaba un viaje a través de Portland para encontrarme con un amigo para un desayuno tardío.

En mi experiencia, casi ninguno de los conductores Uber que conocí lo estaban haciendo a tiempo completo. Todos tenían otros empleos y esto era una fuente de ingresos secundaria para mejorar sus vidas. ¿Por qué no es noble de nuestra parte ser clientes de Uber y apoyar el abogado recién egresado o al matrimonio joven que intenta comprar su primera casa?

En otras ciudades, el grueso de conductores Uber son inmigrantes recientes. Mientras que mis conductores en Portland e Indianápolis han sido casi todos hombres y mujeres jóvenes blancos, mis conductores Uber en Washington, DC han sido casi todos inmigrantes de color.

¿No hace que usar Uber sea aún más consistente con las metas progresistas si estamos apoyando la subsistencia de inmigrantes emprendedores que han venido a los EEUU a tener una mejor vida, y tal vez remitir algunos de esos fondos de vuelta a casa?

Para algunos de esos conductores Uber que son inmigrantes, conducir es probablemente su principal fuente de ingreso. ¿Vamos a negarles ese ingreso porque conducir en Uber es visto como menos que perfecto en comparación con los trabajos de la vieja economía? ¿Deberíamos dejar de usar Uber y hacer menos probable que vengan inmigrantes, dejándolos en una mayor pobreza en sus países de origen?

Si la mejora de las vidas de los pobres del mundo es una meta progresista, entonces usar Uber (sin mencionar comprar ropa de “sweatshops”) están entre las cosas más morales que podemos hacer.

¿Qué pasa con la seguridad?

Algunas personas están preocupadas de que Uber puede ser más peligroso que los taxis. Los datos no parecen soportar esto, y un estudio reciente muestra que la entrada de Uber a una ciudad reduce el número de arrestos por conducción bajo la influencia del alcohol y de muertes. No sólo los conductores Uber no son más propensos a cometer crímenes que los conductores de taxi, la disponibilidad de un viaje barato que llega rápido con un esfuerzo mínimo por parte del cliente salva vidas y mantiene a los conductores peligrosos fuera de la calle. De nuevo, esto parece ser una meta que los progresistas debieran apoyar.

Es sólo que parece extraño que los progresistas que lamentan el advenimiento del Hombre Unidimensional o la “McDonaldización” de América objetarían a las innovaciones que proveen a más gente arreglos laborales más flexibles que les dan más control sobre su capital y las condiciones de su trabajo.

Parece extraño que ellos objetarían un servicio que disminuye el costo del transporte para la gente con medios limitados y permite a gente joven sobrevivir en ciudades grandes sin tener un auto propio.

Progresistas = Conservadores

Tal vez esto sólo se trata del miedo al cambio sin control que Hayek vio en el corazón de lo que él llamó conservadurismo. Ciertamente parece como si las objeciones “progresistas” a Uber reflejaran una nostalgia por la economía de los 1950s que es un paralelo de la nostalgia conservadora por la vida familiar de esa misma época.

Y al final, el miedo a Uber sugiere que algunos progresistas en realidad son conservadores por dentro. El argumento a favor de Uber es el argumento a favor del progreso igualitarista, que está basado en una disposición a dar la bienvenida al cambio sin control frente a los supuestos progresistas que permanecen diciendo “deténganse” a lo largo de la historia económica.

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Steven Horowitz es el profesor de la cátedra Charles A. Dana de Economía en la Universidad de St. Lawrence y el autor de La Familia Moderna de Hayek: Liberalismo Clásico y la Evolución de las Instituciones Sociales.

 

Traducción: Dusan Vilicic Held
Texto original: https://fee.org/articles/uber-is-progress-so-why-aren-t-progressives-on-board/

Mucho Bellolio y demasiada retórica barata

Hace algunos días, Cristóbal Bellolio publicó una columna titulada “Mucho Hayek y poco Rawls”. En ella trata de reivindicar al liberalismo igualitario como la verdadera corriente liberal, a John Rawls como uno de sus grandes exponentes, a la vez de no decir en ningún momento porqué hay “mucho Hayek”.

Comienza con una introducción engañosamente conciliadora, pero luego cae en retórica barata al tratar a Hayek de “viejo” (anticuado) y a Rawls de “bueno”. Al decir que Hayek es “anticuado”, tácitamente dice que Rawls es moderno, actual. Y al decir que Rawls es “bueno”, también de forma tácita dice que Hayek es malo. Con esto ya parte mal, no sólo porque es retórica barata, sino porque además ya está contradiciendo al menos en espíritu su actitud hasta el momento, que aparecía conciliadora. Bastante artero me parece eso.

Luego, habla de justicia como imparcialidad. Disculpen, pero… ¿justicia como imparcialidad? Eso no tiene ni piés ni cabeza. Justicia es justicia e imparcialidad es imparcialidad, son dos cosas diferentes. “A cada quién lo suyo”, se acerca más a “justicia”. La imparcialidad sólo tiene relación con la justicia en el contexto de un juicio, donde el juez debe ser lo más imparcial posible, pero más allá de eso, no tiene ningún sentido relacionar ambos conceptos. Pero la idea de forzar esta equivalencia se explica luego con el “experimento” del velo de la ignorancia. Esto no es más que un ejercicio de racionalización de que la envidia y la codicia son justificación suficiente para robar, lisa y llanamente. Y bueno, acá se muestra también uno de los motivos de porqué la idea de “igualdad de oportunidades” es una idea tan perversa en mi opinión.

Hacia el final, Bellolio ignora al liberalismo libertario cuando afirma que el liberalismo justifica el ejercicio del poder político. A pesar de haber empezado hablando de la “gran familia liberal” y tratar de hacer pasar socialdemocracia y socialismo por liberalismo, tiene luego el descaro de dejar fuera al liberalismo libertario, que no acepta el ejercicio del poder político, pues implica agresión, robo y esclavitud.

Es clara su intención: desvirtuar el concepto de “liberalismo” y convertirlo en lo que se entiende por eso en el mundo anglosajón, es decir, un sinónimo de socialismo socialdemócrata. En mi opinión, Bellolio y su tipo son un virus a eliminar. El socialismo no cabe dentro de la “gran familia liberal”.

La inanición del socialismo

Una de las conclusiones a que llega el pensamiento de la escuela de la Public Choice es que la gente de una organización que atiende a un problema tiene un fuerte incentivo a perpetuar el problema de forma de no perder su fuente de ingresos. Un ejemplo popular es que los médicos tienen un incentivo fuerte a intentar que la gente se enferme, porque así tienen más pacientes (clientes).

Este incentivo, en un mercado libre, está más que contrapesado por la libre competencia, donde aquellos médicos que de hecho tratan de hacer que la gente se enferme tienen una fuerte tendencia a perder clientes hasta quedar fuera del mercado. Otros ejemplos pueden incluir al estado y el crimen (entre más crimen, más pueden alegar los funcionarios estatales que necesitan más recursos) y el caso que me interesa: las organizaciones que “defienden los derechos de las clases proletarias”, como la Unión Clasista de Trabajadores y las corrientes socialistas

Hoy las clases o castas sociales básicamente ya no existen, pues para que haya tal cosa prácticamente no debe haber movilidad entre castas, sobre todo hacia arriba, ya que una de las características principales de las clases o castas sociales es la inmovilidad de sus miembros[1]. Por otro lado, la pobreza absoluta que fue el caldo de cultivo del socialismo ha dejado de existir. En ningún país donde ha habido capitalismo real (baja presión fiscal y regulatoria, respeto a la propiedad privada, poco proteccionismo) por unos 20 años hay necesidad de trabajo infantil ni pobreza extrema generalizada, que ya fue superada.

Esto significa que básicamente este tipo de organizaciones y corrientes está quedando obsoletas, están perdiendo su razón de ser. Sin pobres ni clases sociales inmóviles, no hay sustento real para el socialismo. Por este motivo es que los socialistas que van quedando están empecinados en multiplicar los pobres, y hacerlos lo más miserables posible. En palabras de Jorge Giordani, Ministro de Planificación de Chávez y Maduro: “El piso político nos lo da la gente pobre: ellos son los que votan por nosotros, por eso el discurso de la defensa de los pobres. Así que, los pobres tendrán que seguir siendo pobres, los necesitamos así”[2].

Lo lamentable del caso es que el contrapeso de la libre competencia no aplica al estado, pues es éste un monopolista, no tiene competencia que lo desbanque cuando produce malos resultados. Por esto, cuando los socialistas llegan al poder pueden efectivamente llevar a cabo su destructiva labor de empobrecimiento y pauperización masiva. Ya que la profecía de Marx de la pauperización en el capitalismo no se cumplió, los socialistas están fabricando su propia pauperización artificial.

Y aún peor es que a la vez le echan la culpa a la libertad, o más precisamente al “neoliberalismo”, siendo que ese término, al ser analizado en su uso, identifica las políticas que han llevado a cabo los socialistas mismos. Es decir, los socialistas hacen política “neoliberal”, pero ellos no se dicen neoliberales, según ellos los neoliberales son los liberales. De esta forma le echan la culpa de esta pauperización artificial a lo que en realidad prácticamente la hizo desaparecer.

Claramente necesitamos combatir el socialismo con todas nuestras fuerzas, ya que de lograrlo, es muy probable que en un par de generaciones éste llegara a desaparecer por simple inanición. Sin pobreza, su principal fuente vital, el socialismo quedaría obsoleto y superado, falleciendo de forma natural.

[1] Estratificación y movilidad social en Chile: entre la adscripción y el logro, CEPAL, Florencia Torche, Guillermo Wormald http://books.google.cl/books?id=0VeBk-TV0joC&lpg=PP1&pg=PA69#v=onepage&q&f=false

[2] Jorge Giordani: “Los pobres tendrán que seguir siendo pobres, los necesitamos así”, DolarToday, Mar 24, 2013 https://dolartoday.com/jorge-giordani-los-pobres-tendran-que-seguir-siendo-pobres-los-necesitamos-asi/

Extremismo

A menudo me encuentro con personas que me dicen que el liberalismo es extremista. Se espantan más aún cuando conocen mis convicciones anarquistas. Me dicen que “los extremos son malos” como si esto fuera un axioma de la naturaleza. Y luego identifican al liberalismo y al anarquismo como “extremos”. Y allí está el problema, la gente hoy está convencida de que la libertad es algo extremo y por ende malo, mientras que el estatismo en el que han vivido toda la vida no lo es.

Esto me parece bastante injusto, porque a mi juicio, lo más extremo es agredir a otra persona. Iniciar una guerra es irse al extremo. En una disputa entre personas, lo más extremo es recurrir a la violencia. Es extremo recurrir al robo para obtener bienes. Creo que casi todos están de acuerdo conmigo en eso.

A mi me parece que hay varias cosas que son consecuencia lógica de eso. Es extremo que alguien fuerce a otra persona a hacer o no hacer algo con lo que le pertenece “por su propio bien”, o “por el bien de la sociedad.” Me parece extremo que alguien no pueda libremente contratar los servicios de otro, a menos que sea cumpliendo infinitos requerimientos que ninguna de las dos partes realmente quieren cumplir. Me parece extremo que la gente no pueda disponer libremente de sus ahorros, sino que tengan que hacer con ellos lo que un grupo de políticos decide, ya sea ponerlos en sus manos o en las de otros. Me parece extremo que uno no pueda decidir cómo educar a sus hijos. Me parece extremo que la gente no sea libre para emigrar, a menos que un grupo de políticos le de permiso (un pasaporte). Me parece extremo que se prohíba o ponga trabas a la gente que quiere intercambiar bienes cuando ambos residen en países diferentes. Me parece extremo que esté prohibido ser dueño de un lago o de una superficie de suelo marino. Me parece extremo que se considere que robar es malo, a menos que lo haga el estado. Me parece extremo que se prohíba a la gente comprar drogas, a menos que sea tabaco o alcohol. Me parece extremo que la gente considere malo que uno aspire como ideal una sociedad basada en la libertad y en que las interacciones entre personas sean voluntarias.

Como bien dijo un amigo “quienes dicen que los extremos son malos, les gusta a ellos definir cuales son esos extremos.” El verdadero extremismo no es la libertad, es el estatismo, es justificar que los funcionarios estatales, según reglas creadas por ellos mismos, agredan impunemente a la gente, le sustraigan sus pertenencias, su libertad, su vida. Mientras esta mala concepción de “extremo” siga siendo la que domina en la sociedad, estaremos condenados a vivir en un mundo estatista y expropiatorio, donde la pobreza y la injusticia son problemas crónicos. Sólo cuando la gente entienda que lo extremo es restringir la libertad de la gente y justificar la agresión, podremos comenzar a avanzar a una solución real a esos problemas.