La verdadera historia detrás de “La Otra Desigualdad”

Autores y entrevistados olvidan que hombres y mujeres son diferentes

Recientemente, la revista Capital publicó un reportaje llamado “La Otra Desigualdad[1], donde analiza un tópico que ha sido ampliamente discutido en muchos países del extranjero, la “brecha de ingresos” entre hombres y mujeres. Hay tanto que comentar respecto de este reportaje, que daría para un capítulo completo de un libro dedicado a desmentir mitos económicos y políticos (como por ejemplo La Economía en Una Lección, de Henry Hazlitt, libro muy recomendable por lo demás). Obviamente mi intención acá no es extenderme tanto, al menos no aún. Me centraré en los asuntos más prominentes y haré una crítica corta de cada uno de ellos. A mi juicio los principales mitos en el artículo que contienen errores importantes son las siguientes:

  1. Hombres y mujeres son iguales, la diferencia de sexos no influye en capacidades, habilidades y preferencias, los cuales serían definidos completamente por factores sociales, culturales y económicos.
  2. Una brecha en los promedios de hombres y mujeres implica algún tipo de discriminación contra las mujeres.
  3. Los gerentes le pagan menos a las mujeres simplemente por ser mujeres, o a empleados de un área por ser un área “femenina”.
  4. De algún modo es malo que una mujer desee ser ama de casa y cuidar a sus niños, como si esto fuera algo que se le impone.

El reportaje contiene muchos errores más, pero son de menor magnitud o alcance, por lo que ni me molestaré en mencionarlos.

Hombres y mujeres… ¿son iguales?

Hombres y mujeres son iguales, la diferencia de sexos no influye en capacidades, habilidades y preferencias, los cuales serían definidos completamente por factores sociales, culturales y económicos.

El primer mito ha sido repetidamente desmentido, y entre los expertos en neurociencias, comportamiento humano, psicólogos, etc., el consenso es que si bien el ambiente influye, no lo hace más que factores biológicos como por ejemplo las variaciones hormonales, y otros rasgos codificados genéticamente. Esto ha sido comprobado numerosas veces de forma empírica, en experimentos con bebés y niños donde estos muestran intereses y habilidades diferentes dependiendo de su género, independiente de cómo se los cría. Estas diferencias se han observado incluso en fetos, antes del nacimiento. Esto significa que por mucho que se le facilite el acceso de las mujeres a “carreras tradicionalmente masculinas”, ellas siguen prefiriendo en general ocupaciones “femeninas”. Lo mismo para los hombres. Es más, en los países donde más se ha propiciado la “igualdad de género” y la “no discriminación entre sexos”, como Noruega, es donde estas diferencias se acentúan más[2]. En países con menor intervención en este respecto, las mujeres tienen el incentivo de la mayor remuneración para elegir carreras “masculinas”, pero en Noruega este incentivo es menor o inexistente, dependiendo del caso. Entonces la diferencia se vuelve más fuerte: mucho mayor proporción de mujeres en carreras “femeninas” y de hombres en carreras “masculinas”. Esto al punto de que es muy difícil encontrar, por ejemplo, enfermeros hombres o ingenieros mujeres en Noruega. La diferencia entre sexos va más allá de simples preferencias, como todos sabemos, y se extiende hacia lo físico. Un simple ejemplo es que una mujer puede dedicarse a ser nodriza (amamantar a un bebé en ausencia de la madre), pero un hombre no. Los hombres tienen mayores niveles de testosterona, lo que facilita el desarrollo de masa muscular, por lo mismo los récords mundiales en deportes generalmente los establecen hombres, especialmente en disciplinas que requieren fuerza. Una mujer requiere de mucho más entrenamiento que un hombre para lograr el mismo resultado en ese tipo de actividades, en casos sólo pudiendo llegar a ese punto usando tratamientos hormonales o drogas. Esto significa que será mucho menos probable que para una mujer sea fácil o siquiera posible llevar a cabo ciertas actividades que requieren fuerza física. Pero ese no es el único ejemplo. Las mujeres, por ejemplo, tienen mayor tolerancia al dolor, mejor habilidad comunicacional, entre otras cosas. Pretender que mujeres y hombres son iguales no sólo no tiene sentido, sino que es peligroso, porque se está ignorando la realidad, lo que significa que el resultado de cualquier política que asume eso como cierto va a tener consecuencias diferentes de las deseadas, prácticamente siempre negativas para todos y especialmente para las mujeres.

La trampa de los promedios

Una brecha en los promedios de hombres y mujeres implica algún tipo de discriminación contra las mujeres.

El “antipoeta” Nicanor Parra alguna vez dijo famosamente “Hay dos panes. Usted se come dos. Yo ninguno. Consumo promedio: un pan por persona”. Esta cita dice mucho, pero no sobre la desigualdad como muchos pretenden, sino sobre lo engañosas que pueden ser las estadísticas, si no se producen, leen y usan correctamente. No por nada se dice que hay tres tipos de mentira: Mentiras, mentiras malditas, y estadísticas. Cuando se habla de la “brecha de sueldos” entre géneros, se cae en uno de los errores más básicos al usar este tipo de estadísticas. Porque es verdad, si se suman los ingresos de todos los hombres, y los de todas las mujeres, y cada una de esas sumas se divide por la cantidad de individuos, se obtiene el resultado de que en promedio los hombres tienen ingresos ligeramente mayores que las mujeres en promedio. Pero eso no nos dice mucho sobre discriminación. No significa que a una mujer en específico le estén pagando menos que a un hombre que tiene la misma experiencia laboral, estudios, edad, etc. Sólo significa que el promedio es menor. En el caso actual, hay muchas cosas que influyen en ese resultado, pero una de las cosas más importantes es lo que expliqué antes: hombres y mujeres tienen distintas preferencias, y por lo tanto escogen diferentes ocupaciones. Instinto maternal,

El mito de la misoginia

Los gerentes le pagan menos a las mujeres simplemente por ser mujeres, o a empleados de un área por ser un área “femenina”.

Según este mito, uno de los motivos por los que existe la mítica “brecha salarial” es que los gerentes de las empresas, hombres o mujeres que han “internalizado el patriarcado”, le pagan menos a las mujeres por el mismo trabajo, porque de alguna forma desprecian o “infravaloran” a las mujeres. Para cualquier persona sensata es obvio que son muy pocos los que realmente consideran que las mujeres son “inferiores” en general, especialmente hoy en día en la era del feminismo y la “empoderación femenina”, donde si un hombre está peleando o teniendo una discusión con una mujer generalmente se asume de inmediato que la mujer es la víctima y el hombre es el agresor, e incluso muchos continúan defendiendo a la mujer cuando se demuestra que ella era la agresora.

Pero más allá de eso, hay una forma alternativa de demostrar el poco sentido que tiene este mito, que consiste en preguntarse porqué los gerentes no contratan sólo mujeres. Según el mito, a las mujeres se les paga menos que a los hombres por hacer el mismo trabajo. Si esto es así, un gerente con dos dedos de frente se daría cuenta de que puede reducir sus costes (y así poder cobrar menos y aumentar las utilidades) si tan sólo contrata mujeres. Haciendo eso reduciría dramáticamente sus costos laborales, es lo lógico a hacer. El misterio sería entonces porqué no lo hacen, sino que muchas veces incluso evitan contratar mujeres, y no porque sean misóginos, sino que porque consideran que contratar a una mujer es más caro que contratar a un hombre ¿Cómo puede ser así? Es más, muchas mujeres de hecho ganan más que sus pares hombres. Se hace claro que el motivo de pagar menos no es la misoginia o el machismo.

Lo que realmente sucede es que, la legislación laboral chilena (y la de muchos otros países) efectivamente hace que contratar a un mujer sea más costoso en muchos casos que contratar a un hombre. Por ejemplo, sabemos que los permisos pre y post-natales son utilizados desproporcionadamente más por mujeres que por hombres. Esto significa que si se contrata a una mujer, y ésta queda embarazada, habrá que reemplazarla por de seis meses. El reemplazo de un empleado no es gratis, hay que buscar candidatos, reorganizar las labores de los empleados, incluso quizá pasar un tiempo sin alguien que ejecute ciertas tareas que le correspondían a la embarazada. Además, habrá que pagar una sala cuna luego del parto. Todo eso implica un costo para la empresa. Para compensarlo, las empresas tratan de pagarle menos a las mujeres, lo que funciona como una especie de “prima de riesgo” ante la posibilidad de un embarazo por parte de la empleada. Esta “prima” generalmente la pagan todas las mujeres, independiente de si planean o no tener hijos, e incluso si la mujer es estéril, pues esa información está prohibido por ley usarla para decidir si se contrata o no a alguien, o cuánto se le va a pagar, por lo que es muy raro que siquiera se averigüe. Así como esto, hay muchas regulaciones legales que elevan artificialmente el costo de contratar una mujer, redundando en una mayor “prima de riesgo” que se manifiesta en la forma de menores remuneraciones. Ejemplos incluyen regulaciones sobre baños separados para hombres y mujeres, traslados a trabajos alternativos por embarazo, etc. Todo esto hace que parezca que a las mujeres se les paga menos por el mismo trabajo, cuando no es así. Sus servicios laborales son cualitativamente diferentes de los de un hombre a causa de la legislación mencionada, siendo más riesgosos y caros, lo que se compensa con menores sueldos. No hay nada de misógino ni machista en ello, es más, se podría considerar misógina a la legislación que provoca ese daño a las mujeres.

En países donde la legislación laboral no contiene regulaciones que imponen estos costos, o donde estos costos impuestos son mucho menores, se observa que una mujer y un hombre ganan exactamente lo mismo si ambos tienen el mismo trabajo, nivel de estudios, experiencia laboral, edad, etc. Esto también se observa en países donde por ley no se puede pagar diferente a dos empleados que desempeñan las mismas tareas. En esos casos, aún a pesar de que no haya diferencias a ese nivel, igual se observa la mítica “brecha”, pero ya sabemos que eso es debido a las elecciones y preferencias particulares de cada persona, y no porque a las mujeres se les pague menos por hacer lo mismo.

La tiranía del feminismo

De algún modo es malo que una mujer desee ser ama de casa y cuidar a sus niños, como si esto fuera algo que se le impone.

A algunas personas, especialmente aquellas que se autodenominan “feministas”, generalmente les molesta que haya más mujeres en ciertas ocupaciones, como por ejemplo amas de casa o enfermeras. Aducen que esto es una violencia producto de la “internalización del patriarcado”, o de que esto conduce a un aumento de la “brecha salarial” antes mencionada (es gracioso que esta afirmación entra en conflicto con la idea de que una mujer gana menos que un hombre por el mismo trabajo).

El problema con esto es que al decir eso, lo que realmente dicen es que las mujeres no deben ser libres de elegir la ocupación que prefieran (idem los hombres). Lo que buscan es de algún modo forzar que mujeres y hombres estén igualmente representados en todas las ocupaciones, por medio de imponer cuotas de género, subsidios estatales a la contratación de mujeres, etc. Lo gracioso es que esto sólo lo buscan hacer en ocupaciones y carreras universitarias con mayor proporción de hombres, es decir ocupaciones y carreras “masculinas”, por ejemplo ingeniería, directorios de empresas, altos mandos gubernamentales, etc. En el caso de ocupaciones dominadas por mujeres curiosamente no suelen tratar de imponer subsidios a la contratación de hombres, ni cuotas.

El problema con este tipo de medidas es doble: por un lado perjudica al empleador (e indirectamente al resto de empleados y clientes), y por otro lado implica que las mujeres son inferiores, incapaces de obtener los puestos por sus propios méritos. Si las mujeres son capaces  de obtener los puestos por su propio mérito, entonces la medida es innecesaria. Como ya vimos, si no hay “igual representación de géneros” en estos puestos, no es por barreras que se les ponen a las mujeres, ni por “machismo” o “misoginia”. Más bien es por las preferencias individuales de cada mujer, quienes tienden a preferir otras ocupaciones. Si esto es así, crear cuotas de género no va a ayudar en nada, y sólo hará que la mayoría de postulantes igual o mejor capacitados sean discriminados por el simple hecho de ser hombres, es decir, se habrá instaurado un criterio de discriminación sexista obligatorio, que discriminaría entre candidatos sólo por el género de la persona, sin tomar en cuenta el mérito personal del candidato. El feminismo estaría entonces forzando la existencia de lo que dice querer erradicar.

Conclusión

Estos son los principales mitos sobre el tema de la desigualdad de género. De lo anterior se puede concluir que la desigualdad de género existe, pues ambos sexos son efectivamente diferentes (desiguales), no sólo en aspectos físico-anatómicos, hormonales y genéticos (diferencias biológicas, si se quiere), sino que además son diferentes (desiguales) en preferencias e instintos. Todo esto acarrea como consecuencia una diferencia o desigualdad en ocupaciones escogidas y últimamente de ingresos promedio. Esto no quiere decir que a una mujer se le pague menos que a un hombre con igual contexto, al contrario. Y en los casos en que pareciera ser el caso, lo que hay es legislación laboral que aumenta artificialmente el costo de contratar mujeres, lo que trae como consecuencia los desequilibrios observados. Pero tratar de eliminar estas desigualdades es ir contra la naturaleza e individualidad misma de hombres y mujeres, reduciendo su bienestar para satisfacer un capricho extremista igualitarista, sin mayor justificación que un sencillo “no me gusta”.

Notas

[1] Revista Capital N°417, 1 de Abril de 2016 http://www.capital.cl/poder/2016/03/31/100331-la-otra-desigualdad-2

[2] Un buen documental al respecto es la primera parte de “Hjernevask” (“Lavado de cerebro” en español), titulada “La paradoja de la desigualdad de género” (se puede ver acá subtitulado en inglés: https://youtu.be/p5LRdW8xw70; o subtitulado al español: https://youtu.be/2roZWQ-bw7I). Este documental de origen noruego, creado por el humorista y sociólogo Harald Eia cuestiona muchos mitos sociológicos, y los desmiente utilizando evidencia científica y estadística.

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