La educación estatal “gratuita” es la más cara de todas

Hace algunos días me topé con esta nota en El Dínamo, donde se mencionan los planes de Michelle Bachelet para imponer un sistema de educación estatal “gratuita”, financiada mediante nuevos impuestos a profesionales. Dejando de lado temas como el lucro, la igualdad y otras cosas similares (tal vez para otro artículo), me parece sumamente importante abordar una de las consecuencias poco comprendidas de los subsidios estatales a la educación.

Y es que una de las cosas malas de hacer las cosas como se propone, es que -como nos advirtiera el gran Henry Hazlitt en “La Economía en una Lección“- no hay ningún control decente de a quién vale o no la pena subsidiar, no se discrimina en ese sentido, lo que asegura que se malgastarán recursos educando a gente que luego no será capaz o no querrá “devolver la mano”. Por ejemplo gente que estudiará y luego no ejercerá, gente que estudiará y emigrará por lo que no pagará el impuesto, gente que estudiará pero luego quedará cesante y tampoco pagará de vuelta, etc. Una de las gracias del financiamiento privado es que todo eso se controla. Un banco en régimen de libre mercado (no como ahora, hay que pensar en hace unos 60-70 años para hacerse una idea) no le va a prestar dinero a alguien para pagar sus estudios si no tiene alguna relativa seguridad de que esa persona podrá devolverlo. Eso implica no sólo que termine su carrera, sino que además encuentre trabajo y de hecho trabaje.

Financiar cosas con cargo a impuestos coactivos elimina los incentivos para que los recursos se usen de forma eficiente. En el caso de la educación, es cosa de ver el ejemplo de Francia o Argentina, allá la mayoría de la gente que entra a estudiar, no termina, y de los que terminan, una buena parte estudiaron algo que no tenía demanda y quedan desempleados o trabajando en otra cosa, etc (si no me cree, pregúntele a algún argentino). Es decir, los recursos escasos que se desviaron desde lugares en los que estaban siendo productivos para financiar a esas personas fueron desperdiciados.

Hay que recordar que los recursos de que disponemos son muy escasos, y malgastarlos es sumamente irresponsable. Lo más justo es que quién malgaste sea quién pague las consecuencias. Y esto es justamente lo que hace el mercado cuando es libre de regulación estatal.

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